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domingo, 17 de noviembre de 2013

The Wire

Por: David Quiceno



Calificación:
Todas las sombras, The Wire

Escrita por un periodista temperamental y un veterano de la guerra de Vietnam, dueña de cinco temporadas, de sesenta capítulos y un reparto coral de más de treinta personajes, a The Wire le queda corta cualquier retahíla de elogios. No soy el primero que lo intenta, por supuesto. Desde los convencionales críticos de periódico hasta novelistas de la más consagrada línea, pasando por incontenibles grupos de fanáticos y actores, directores y tramoyistas la serie, hace más de una década, viene recibiendo su justa dosis de mermelada. Sin mucha expectativa la encontré hace un par de meses, y el resultado ha sido tan avasallador que me está costando revisar tramas menos densas sin caer en una crítica desdeñosa. No lo esperé hasta muy entrada la serie, y esa es la principal recomendación que quisiera hacer a cualquier eventual y nuevo espectador: que aguante. Porque en las primeras horas el tránsito de las cámaras nítidas de 35mm conque se graba el cine actual hacia la pobre imagen que conseguía la televisión once años atrás cuesta. Cuesta la ausencia de WideScreen, que deja sendos cuadros negros a lado y lado de la pantalla, o la falta (por costumbre) de una presentación efectista, pulida hasta el exceso en el computador. Con nada de lo anterior cuenta The Wire, pero ninguna como esta serie para probarnos que eso es la pura envoltura, que hace falta una cierta ignorancia para pensar que una historia se hace grande derrochando presupuesto en fotografía y CGI. ¿De qué se trata entonces esta serie que pontifico tan descomunal y por encima de las demás? De todo. The Wire trata de la vida misma en un mundo que colapsa, como el nuestro. ¿Cómo explicarlo? Más de uno ha echado mano de un reduccionismo apócrifo: decir que es una serie policíaca que se centra en un grupo especial de interceptaciones telefónicas en la ciudad de Baltimore. Nada más cierto y a la vez lejos de la verdad. The Wire, sí, utiliza el esquema clásico de una confrontación entre policías y traficantes, sucede en la ciudad de Baltimore y las interceptaciones telefónicas se presentan como una de las principales herramientas de la policía. Pero limitarse a decir esto, enmarcarla en un género para que se confunda con Miami Vice, Rookie Blue o CSI es un despropósito. Porque, en comparación con la imagen descarnada de la realidad que nos pinta The Wire, los intentos de realismo que adornan la temática del cine y la televisión de hoy se me antojan tiernos. Además, no se queda ni en la policía ni en las drogas, aunque sea verdad que esas dos líneas conectan las muy diversas tramas. The Wire contempla, y nos entrega para que suframos, para que riamos y lloremos, las historias de todos los afectados por una sociedad convulsa: el agente que se preocupa y el que no, el político que aprovecha y el que no, el mendigo, el estudiante, el periodista, el fiscal, el abogado, el trabajador, el vendedor, el productor y el intermediario. El ciudadano de a pie que quisiera, pero no consigue, marginarse; el profesor de escuela que quiere, pero no puede, ignorar lo que está viendo. El ex-presidiario que busca redención y el director de campañas políticas, que la vende para conseguir votos. Todos, en cierto punto, en cierta situación, son lo uno o lo otro, porque The Wire también es rica en disyuntivas, en ambigüedades morales y en críticas a nuestra condición humana. Se trata de una serie que nos muestra el abandono de las instituciones, pero también el abandono al que como individuos nos entregamos si la suerte se ensaña con nosotros.
Pensándolo bien, se me ocurre una forma de explicar esta trama: The Wire es una serie sobre los demonios. Sobre los demonios que rondan nuestra vida y sobre los ángeles que nos desamparan. Lo dice la canción de Tom Waits, que suena en el inicio de cada capítulo: “you gotta keep the devil, way down in the hole”, (tienes que mantener al diablo, bien abajo en el agujero). La frase misma es una resignación, una suerte de vacío, de derrota. Al diablo no podemos matarlo, ni suprimirlo, sino, y a duras penas, esconderlo, empujarlo al fondo de un hoyo del que siempre vuelve a salir. Eso es The Wire, la serie que nos muestra los esfuerzos descomunales en que se empeña la sociedad para afrontar guerras que tiene perdidas, que siempre pierde. Y el diablo, para todos, es diferente. Para unos es el choque entre bandas por el control del tráfico, que implica miles de muertos, para otros la adicción que enajena la voluntad. Para los más, la simple ira, el enojo de un compañero al lado o la retaliación desproporcionada de un jefe, un superior o un alcalde que han encontrado una mancha en su gestión. Dice al final la canción: “you gotta help me keep the devil, way down in the hole”, porque The Wire también es una historia sobre la soledad, sobre el grito de ayuda (¡help me!) que no es atendido, y ante su desatención, ante la indiferencia de los demás es que nos convertimos en lo que nunca esperamos. El universo de The Wire es un universo hobbesiano donde cada quien, sin importar el cargo que ocupe, actúa por su propio interés, se preocupa primero de la estadística que está reflejando y después, si tiene tiempo, si le conviene, de los demás. Escribe Mario Vargas Llosa que esta serie le recordó “esas grandes novelas decimonónicas de Dickens o de Dumás”. A mí me recuerda, precisamente, las novelas de Vargas Llosa: los funcionarios corruptos de Conversación en la catedral, las investigaciones contrahechas de Lituma en los Andes y Palomino Molero. McNulty de algo se me parece al capitán Pantoja y William Rawls, uno de los personajes mejor logrados, al acomodaticio Tigre Collazos. Pero prefiero no ahondar y arriesgarme a lanzar spoilers, una serie tan exquisita, que aplasta de forma tan contundente nuestra ilusión de que la sociedad está bien, que no nos consuela ni nos entrega finales felices o vacío optimismo, merece ser juzgada en persona. Para eso al final de esta entrada remito a un enlace donde podrán encontrar las tres primeras temporadas. Como cualquier cosa en este mundo, The Wire tiene sus altibajos. Algunas actuaciones, por ejemplo, podrían mejorar. Personajes como los de Marlo Stanfield o Shakima Greggs, incluso el de Cedric Daniels, podrían haber tenido una mejor interpretación, pero se trata de tal variedad, y de historias tan nutridas, que ni un papel mediocre arruina el conjunto. Otro punto negro para la historia de la televisión más que para la de la serie es la sorprendente ausencia de premios. The Wire es para los Emmy y los Golden Globe el error que para los Nobel significó haber ignorado la poesía de Borges o la narrativa de Tolstoi, el premio que no entregaron pero todo conocedor sabe que merecían por sobrados méritos.
Al querido lector le puede parecer que me estoy excediendo en halagos, pero por esto no tiene que preocuparse. The Wire no es una serie pretenciosa, a tal punto que, ya mencioné, tarda en desnudar su impecable calidad. No venimos a entender lo que sucede sino hasta varios capítulos después, no nos sentimos retratados sino hasta varias temporadas más tarde. El producto se toma su tiempo, está hecho para contar, para transmitir y no para entregar al televidente la respuesta fácil en los primeros minutos. Como cualquier morbodrama de Tarantino, la serie abre el telón con tres hilos de sangre corriendo a través de un pavimento agrietado. De allí, de la aparente simpleza y esquematismo, comienza el viaje por un río de historias que, como en el poema de Borges, son un espejo que nos revela nuestra propia cara. Al nuevo espectador hay que pedirle que no desespere, que se tome su tiempo para juzgar y no se deje engañar. Las dos primeras temporadas son una presentación del entorno, la primera es la más policíaca, y nos muestra una cacería en toda regla, nos enseña cómo piensan los detectives y administrativos de la policía de Baltimore. La segunda es tal vez la más lenta y difícil de ver, pero sin ella no serían posibles las demás, porque es la que muestra las tribulaciones del trabajador raso en oposición a la tranquilidad del importador de droga. La tercera, por fin, comienza lo que creo es la verdadera historia de The Wire: lo que le hace el conflicto que nos han presentado en las veinticinco horas pasadas a la sociedad, que incluye la política y la educación. La cuarta nos muestra, desde adentro, lo que implican unas elecciones en una ciudad, y para cerrar la última nos introduce al mundo del periodismo y con él, con el escándalo, se atan todos los cabos sueltos en los cincuenta capítulos anteriores. Si continúo temo arruinar la experiencia para alguien, así que remito a una página donde pueden encontrar las tres primeras temporadas, en idioma original y subtituladas, como debe ser: The Wire online. Por último y sólo para disfrutarla, la mencionada canción de Tom Waits que abre la serie, de su álbum ‘Frank’s Wild Years’ (1987):





domingo, 10 de noviembre de 2013

La buena televisión

Por: David Quiceno
La buena televisión, Todas las sombras

Decía que el cine y la televisión, al igual que algunos ritmos musicales, reciben una oposición insensata e intolerante. Porque aunque se entiende que ‘Gatita dame calor’ no atraiga al mismo público que Bach, ambas son elementos de expresión y no de educación. Resulta injusto reclamarles profundidad, porque no son filosofía, o acusarlas de transmitir un mensaje que no nos identifica, si otros lo hacen. En los escasos minutos que dura una canción a lo mejor que un artista puede aspirar está entre una sonrisa y una lágrima, ambas pasajeras. Algunos se erizan con la tristeza de los adagios de Albinoni y a otros les sucede con la salsa de Marc Anthony. Todo depende de patrones culturales específicos que provienen de nuestra educación sentimental. Pero a diferencia de la música, la televisión, que corre veinticuatro horas al día, siete días a la semana, es un medio que puede permitirse la extensión necesaria para desarrollar ideas complejas. No todos lo hacen, y hasta cierto punto está bien. En un mundo tan lleno de angustias y misterios, de frustraciones e injusticias como el nuestro a veces la frivolidad, la comedia y la payasada se convierten en escapes necesarios. Pero si eso es todo lo que tenemos, la televisión habría perdido su capacidad de transmisión y, en consecuencia, su carácter artístico. Si un instrumento tan imponente como este sólo nos entrega novelones esquemáticos y programas de concursos, si nos muestra el espectro que va del ‘Factor X’ a ‘María la del barrio’ entonces en vez de ayudarnos a pensar nos está bloqueando. El abuso del entretenimiento, al igual que el del sexo, las drogas o el alcohol, nos hace vulnerables a la manipulación. La excusa de quienes dirigen las cadenas es que se le da a la gente lo que quiere, lo que pide, lo que eleva más el rating. Pero la obligación de los artistas y los directores de medios está también en retratar los claroscuros, la dualidad moral sin la cual es imposible la realidad. A veces lo fácil, pero cuando se precisa lo que no lo es. Me veo tentado a seguir por esta vía, dedicarme a hablar de las tantas cosas tontas que nos meten por los ojos. Si nos guiamos por RCN y Caracol, por TeleAzteca y VeneVisión o por Disney y Fox nada de esto existe. Si nuestras guías son quienes producen basura, la suerte está echada, el fracaso es rotundo y la intención de alienar que tiene la TV supera por mucho la de reflexión. Con este artículo pretendo algo menos pesimista. Lo que busco aquí es defender, al igual que con la música en la entrada anterior, que la estupidez no es propia del medio (no es todo el reggaetón, ni toda la TV), sino específica en cada mensaje (son algunos programas, así sean muchos programas).
            No pienso quedarme en el facilismo de la cultura y las investigaciones: Discovery, History, Señal Colombia. Su labor, sin duda encomiable, ofrece un producto tan diferente a quienes lideran la carrera por el rating que dificulta la comparación. Por otro lado su credibilidad está cada vez más manchada, en el caso local, por documentales falaces (cuyos datos, de todas maneras, nadie verifica ni condena), y en el internacional por elementos sensacionalistas (infinitos programas sobre ovnis o realities de médiums). Quiero discutir buen entretenimiento, con tesis, con significado. En definitiva: buena televisión dramática, que la hay. Para empezar quisiera ofrecer al lector un par de indicadores que tal vez desconozca. Por un lado, el ranking de las 100 series mejor escritas, elaborado por la Asociación Americana de Guionistas. Por otro el listado que se va creando a partir de la votación entre los mismos televidentes en el Internet Movie DataBase (IMDb highest rated TV Series).
            ¿Qué hacen allí, tan adelante, bufonadas como 'Arrested Development' o '30 Rock'? No sé, imagino que algo similar a lo que le da mil ochocientos millones de visitas al 'Gangnam Style', del rapero Psy. Pero sí sé de otros que se han ganado su lugar con un guión sorprendente, una producción limpia y unas actuaciones destacadas, como 'Dexter' o 'Sopranos'. No pretendo, ni mucho menos, haber pasado por todos los elementos de la lista, pero sí le he metido el diente a un buen número de ellos. Reconozco que se trata en su mayoría de series norteamericanas, pero lo más seguro es que esto extrañe a pocos. Si hay una industria sobre la que Estados Unidos posea una ventaja descomunal con respecto a sus competidores es la de las artes audiovisuales. En contraposición el modelo con el que se hace televisión en Latinoamérica impide, casi adrede, las buenas historias. No por la tecnología de las cámaras y los efectos especiales; que se entiende proliferan en las potencias económicas; sino por lo que se busca con el producto: presentar cinco o seis nuevos capítulos de lunes a sábado después del noticiero de las siete, sin interrupciones entre temporadas, salvo los quince días de sagrado descanso en la navidad. ¿A qué genio torrencial se le pueden encargar guiones con contenido, con reflexiones, para entregar, uno tras otro, todos los días a las cuatro de la tarde durante dos o tres años? Es la prisa, el afán de producir y no la falta de creatividad, lo que nos deja a nosotros con 'Padres e Hijos' y a ellos con 'Boardwalk Empire', lo que permite que allá el arte todavía tenga un propósito social y aquí nos presente como caricaturas, como puro entretenimiento. Porque las empresas que se dedican a esto, con seriedad, con estructura, nos traen doce capítulos al año, que se pulen hasta el minuto antes de salir al aire. Las buenas historias, pues, no es que tengan que provenir de Estados Unidos, pero de allá salen, porque allá están las condiciones para hacerlas. Y hay una en especial, por encima de la aclamada 'Breaking Bad' o de la minuciosa 'Mad Men', de la favorita del presidente Obama, 'Homeland', y de la fantástica 'Game of Thrones'; una serie que nos pinta un universo tan rico, tan interesante, tan lleno de sorpresas en cada recoveco que me atrevo a señalar está por encima de casi toda la literatura narrativa que ha visto la luz en este siglo. Porque, digámoslo de paso, la crítica intolerante a la televisión suele coincidir con la defensa ciega a la literatura. El mensaje, repito, no depende del medio, no es verdad que un libro siempre será mejor que una película. No todo lo escrito es interesante ni todo lo representado vacuo. Al contrario, de libros malísimos pueden salir filmes excelentes y, de libros excelentes, filmes pésimos. Hay una serie, digo, que por su trama intrincada, por la relevancia de su denuncia y por la variedad y complejidad de sus personajes merece elogios por encima de las demás. Pero se me va acabando el espacio de esta entrada, así que prometo dedicarle la próxima