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lunes, 17 de octubre de 2016

No leer condena

Por Francisc Lozano*


No Leer Condena. Fuente: https://todaslassombras.blogspot.com.co/2016/10/no-leer-condena.html
Lectura. Fuente: k46.kn3.net


Los colombianos no leemos. Sí, así como lo leen, y por paradójico que resulte porque, tienen que leer este texto para darse cuenta que los colombianos no leemos. Creo que aún era un adolescente cuando la televisión colombiana transmitía un comercial que decía que “leer libera”, y en eso tiene toda la razón: la lectura nos otorga unas bases increíbles e indispensables para entender la realidad y la irrealidad, y entregar juicios mejor fundamentados sobre lo que ocurre o deja de ocurrir en el universo. No importa el campo de acción, la lectura siempre es un arma de construcción masiva.


Pero los colombianos no leemos.  Las estadísticas sobre lectura que entregó Enrique González, presidente de la Cámara Colombiana del Libro, en abril de este año, hablan de un promedio de lectura de 1,9 libros al año por cada colombiano.  Ese dato es escalofriante, y bastaría para replantear muchísimas cosas en el sistema educativo colombiano y en la sociedad. No obstante, la cosa se pone peor. Ese índice no es realmente un índice del nivel de lectura de los colombianos, es un verdaderamente un índice que determina el nivel de compra de libros por los colombianos. Es decir, los colombianos compramos, en promedio, un libro cada seis meses. Y ese dato es aún más espeluznante que el primero.


Y digo que no es un índice de lectura porque para poder saber cuántos libros al año lee un colombiano, tendríamos que enviar a un observador para que se quedara con el colombiano durante un año, y de esa forma pudiera realmente ver cuántos libros lee cada 12 meses, y eso nos representa muchos otros inconvenientes, como saber de esos libros que lee, cuántos realmente entiende. Por eso, sólo podemos contar con estadísticas de compra de libros, y no de lectura.


Hay multitud de excusas por las cuales la gente no lee: el sistema educativo no incentiva el amor por la lectura; las vidas de los colombianos están llenas de muchísimas otras ocupaciones, y leer no resulta muy importante; leer requiere de una preparación previa en la que el leer es fundamental para leer, por complejo que resulte, se requiere de la lectura para aprender palabras que después le ayudarán a uno en  la lectura; las películas, los programas de televisión y las redes sociales lo hacen todo más sencillo, y no es necesario leer, o no tanto. Pero no sólo eso, leer requiere un verdadero esfuerzo. No es sólo tomar un libro y ya, es saber que surgirán  dudas, que el cansancio hará su aparición, que el tiempo de lectura debe estar lleno de tranquilidad y que casi siempre requiere de la soledad.


En el año 2012, en Colombia nos dimos cuenta que ni siquiera para ser Senador de la República se requería leer: a Simón Gaviria, hijo del expresidente César Gaviria, cuando le preguntaron por qué había otorgado su voto de aprobación a una reforma a la justicia que entregaba beneficios indignantes para los congresistas y que maniataba más al resto de colombianos, dio una de las respuestas más insólitas, increíbles, mediocres e imperdonables para una persona de su importancia en la sociedad colombiana, pero que resulta ser una radiografía de la sociedad colombiana: “es que yo no leí el texto de la reforma”.


Pero Gaviria no es el único ejemplo resaltable de la cultura de no lectura de los colombianos: el pasado 2 de octubre, y en los días que le sucedieron, vimos a esta tendencia histórica de nuestra cultura hacerse presente de manera determinante para decidir el futuro de una de las votaciones con mayor peso en la historia de República de Colombia. Los colombianos demostramos nuevamente que leer no es una característica intrínseca de nuestra cultura y que, en gran parte, esa característica le dio el triunfo a una opción que fue apoyada por un conjunto de mitómanos, entre ellos Álvaro Uribe, Ordóñez, Vélez Uribe, Pacho Santos, Óscar Iván Zuluaga y muchos cristianos, que lo único que tuvieron que hacer para acabar con las esperanzas de los que creíamos en la posibilidad de cambio del conflicto a la reconciliación fue confiar en que sus seguidores no iban a leer el Acuerdo de La Habana. Sí, Uribe y el Centro Democrático confiaron en que los colombianos no íbamos a leer, y, por lo tanto, lo único que hicieron fue fraguar una estratagema basada en las mentiras para destruir las esperanzas de construir un país en paz.


No estoy diciendo aquí que todos los que votaron NO, no hayan leído el acuerdo ni que todos los que votamos SÍ, sí lo hayamos hecho. Estoy diciendo que la mayoría de las masas que decidieron los resultados, fue a votar engañada, y que la gran mayoría de las personas engañadas votó NO.


Hay muchas otras razones por las cuales el NO triunfó (leer las columnas: 1 y 2), pero con los resultados de ese día y las declaraciones de Juan Carlos Vélez, Colombia demostró que leer libera, y no leer condena.



@Franzlozano



*Francisc León Lozano Rivera (1988): Nació en Santiago de Cali, Colombia. Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la organización Grameen Caldas; fue director de la Fundación Funeducol; laboró como Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change; y se desempeñó como Conferencista y Formador de Aprendizaje de Inglés en México. Es escritor por gusto y por convicción. Puede contactarle en su cuenta de Twitter: @Franzlozano


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jueves, 15 de septiembre de 2016

El Perdón de Eva Kor

Por Francisc Lozano*


Eva Kor en el campo de concentración de Auschwitz. Fuente: https://todaslassombras.blogspot.mx/2016/09/el-perdon-de-eva-kor.html

Eva y otros sobrevivientes de Auschwitz. Tomada de Furtherglory.wordpress

En 2015, Eva Kor realizó una acción inesperada: Se acercó a Oskar Gröning, quien está acusado y condenado por su complicidad en las acciones que los nazis realizaron para erradicar a los judíos de la faz de la tierra en Auschwitz, le dio la mano. Le preguntó cómo estaba, le dijo que lo perdonaba por ser cómplice de la muerte de toda su familia, y le abrazó delante de todos los presentes. Esta acción le trajo complicaciones con otras víctimas de los nazis. 

 

No obstante, Eva se mantiene serena y firme en sus convicciones. "¿Para qué sobrevivir a todo si vas a querer estar triste, enojada y herida? Eso es ajeno a quien yo soy. No entiendo por qué el mundo está mucho más dispuesto a aceptar una arremetida iracunda en vez de aceptar la amistad y la humanidad”, diría en una entrevista en su casa en USA.

Su ejemplo y tenacidad son un faro de luz en un mundo lleno de oscuridad.

 




@Franzlozano






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*Francisc León Lozano Rivera (1988): Nació en Cali, Colombia.  Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la Organización Grameen Caldas; fue Director de la Fundación Funeducol; y Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change. Es escritor por gusto y convicción. Puede contactarle en su Twitter: @Franzlozano



miércoles, 7 de septiembre de 2016

El Enterprise pierde fuelle. Star Trek: Sin Límites

Por Andrés Rodelo*

Mr.Spock/Star Trek. https://todaslassombras.blogspot.mx/2016/09/el-enterprise-pierde-fuelle-star-trek.html   
Spock. Fuente: progressiveenforcer.deviantart.com
Lo mejor (para los grandes estudios) y lo peor (para el público) es que un blockbuster encuentre los huevos de la gallina de oro. Cuando estas superproducciones consiguen balancear la ambiciosa disyuntiva de éxito comercial y de crítica (cada vez más perseguida, un síntoma saludable), Hollywood aprovecha para sacudirse el polvo de la mala reputación que ensucia su lujoso vestido y sentencia a los cuatro vientos: “¡Entretengo, pero también soy artista!”.


Y claro, nosotros lo celebramos, especialmente quienes declaramos que el cine crispetero puede alcanzar altas cotas de calidad. Es allí cuando señalamos los carteles de las películas con pasión en Internet y gritamos a los mamertos: “¡Miren esta joya!, ¡recapaciten ya!”. Luego Hollywood, embriagado por rentabilizar la mitología que tanto gustó, ordena: “Hagamos una secuela. La gente lo quiere”, y ahí es donde el aplauso del fan (por lo menos el mío) se detiene.

Se detiene no porque, necesariamente, la secuela vaya a ser mala, sino porque la experiencia nos indica que prolongar las sagas hasta el exceso las vuelve predecibles. Cada secuela explota la fórmula exitosa de la anterior (¡los malditos huevos de oro!) hasta que la novedad se va por el desagüe, hasta que todo cae en un bucle agotador de déjà vus. De ahí la retromanía enfermiza que hoy nos invade. Claro, hay excepciones, pero esta regla campa a sus anchas en Hollywood.


Esto es lo que ocurre con Star Trek: Sin Límites, la tercera entrega del relanzamiento de la mítica saga televisiva ideada por Gene Roddenberry, que inició su andadura en el 2009 con Star Trek, seguida en el 2013 por Star Trek: En la Oscuridad, dos películas soberbias, que se apropiaban del material original para llevarlo por otros derroteros, haciendo de la aventura intergaláctica y de la caracterización (encantadora) de los personajes su piedra angular.


Las circunstancias que rodearon la producción de Sin Límites anticipaban un cambio, era difícil saber qué cambiaría, pero algo no sería igual: primero, J.J. Abrams, el director de las primeras dos cintas, daba un paso al costado y llegaba Justin Lin en su reemplazo; segundo, el actor Simon Pegg, quien interpreta al personaje de Scotty, asumía el rol de guionista junto con Doug Jung. Por más que algunos se empecinen con que Hollywood hace las películas como fabricando salchichas, es hora de que tomen consciencia de que los creativos, la gente involucrada, marca la diferencia.

Personalmente, iba a bordo de una montaña rusa de ensueño: fascinado por la primera estación (Star Trek) y asombrado de que la segunda catapultara la excelencia ya demostrada hasta lo más alto (En la Oscuridad) para luego caer en un descenso (Sin Límites) que no me provocó náuseas ni vértigo, sino desinterés, apatía, una experiencia poco memorable, que pasó por mi lado sin siquiera rozarme.


Star Trek Beyond: https://todaslassombras.blogspot.mx/2016/09/el-enterprise-pierde-fuelle-star-trek.html 
Star Trek: Beyond. Fuente: flickr.com

Por un lado, la trama central es un eco constante de las anteriores: la amenaza del terrorista exiliado, que otrora fue bueno y ahora quiere cebarse con la utopía de la Federación, y lo más imperdonable: que se deshaga del espíritu que puso en mi corazón las entregas previas: la comedia de enredos, los mágicos desencuentros entre los personajes, esa perspectiva desde la cual la obra es inconcebible sin el encanto de sus protagonistas. Aquí las relaciones se sienten frías, aburridas, diplomáticas y, por ende, las caracterizaciones, fallidas, dan una sensación de vacío, de entes acartonados.


Que no se entienda como un apego irracional a las esencias, el problema es que la nueva propuesta no cuaja. Los chistes dan pena y extrañé las carcajadas que me provocó la saga antes, convertidas ahora en risas desganadas. Quizás, el único momento de magia sea el musicalizado por Sabotage, de los Bestie Boys. Lo demás avanza en piloto automático, lo que es imperdonable si manejas los mandos del Enterprise.


@elrodelo

 

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*Andrés Rodelo (1988): nació en Ciudad Bolívar, Antioquia. Estudió periodismo en la Universidad de Manizales, donde descubrió su amor por el cine mientras coordinaba el Cineclub Cinéfagos. Escribe para medios como la revista Kinetoscopio, la Revista Online Ocho y Medio y el suplemento cultural Papel Salmón, del diario manizaleño La Patria. Coordina el Cineclub Estúpido de Manizales. En enero de 2013 participó en el VII Taller de Crítica Cinematográfica del Festival de Cine de Cartagena, en el que fue distinguido con la publicación de una crónica suya en el diario del certamen. Dirige también el programa radial Cinerama, de la Gobernación de Caldas. @elrodelo



domingo, 21 de agosto de 2016

No me gustan las series*

Por Andrés Rodelo**



Walter White/Jesse Pinkman from Breaking Bad tomado de: http://craniodsgn.deviantart.com/art/Breaking-Bad-312313101
Walter White & Jesse Pinkman. Fuente: http://craniodsgn.deviantart.com/

No veo series, o más bien he visto pocas (cortas, sobre todo) y no son, precisamente, las que se apoderan de las charlas de cafetería, recesos en el trabajo o apasionadas discusiones en medio de una borrachera sobre si el regreso de Jon Snow estuvo o no a la altura de lo esperado. ¡No he visto ni un episodio de Juego de Tronos! (para muchos, una abominación en estos tiempos de seriesífilis), pero me entero de la existencia de estos personajes por las menciones (omnipresentes) que se hacen de ellos, especialmente al estrenarse cada temporada, cuando todos están muy (¡muy!) obsesionados con comunicarlo al mundo.
Es que es inevitable no enterarse, de verdad. Son como el nuevo hit del verano que retumba en todas partes hasta que, involuntariamente, terminas memorizando la letra sin que hayas tenido la mínima intención de hacerlo; un fenómeno con poder multiplicado por la fiebre de Internet, que se filtra por las paredes de tu subconsciente hasta el punto de que nombres como Walter White, Rick Grimes y Daenerys terminan siendo familiares y, a su vez, completamente desconocidos. 
Game of Thrones. Fuente:https://c1.staticflickr.com/1/316/18679295525_f39cc1bc70_z.jpg




























Game of Thrones. Tomada de: www.flickr.com

No veo series porque son esclavizantes, demandantes y porque ya no poseo la disposición de enfrentarme a un episodio tras otro como lo hacía a mis 12 años, aferrado al televisor mientras los capítulos de Fullmetal Alchemist, por ejemplo, desfilaban por mis retinas. A juzgar por el éxtasis desenfrenado y el paroxismo con el que muchos amigos me hablan de ellas, he llegado a pensar que verlas es algo como: “Toma tu mejor orgasmo, multiplícalo por mil y aún así estarás lejos de lo que se siente cuando te inyectas heroína”, tomando esta frase de Trainspotting, de Irvine Welsh, como punto de partida para entender la adicción que producen. “Parce, me tiene embazucado esa serie”, me dijo alguna vez un amigo.

Breaking Bad/Walter White. Fuente: http://kingjoeg.deviantart.com/art/Breaking-Bad-I-am-the-danger-328002796
Breaking Bad by kingjoeg

Personalmente, he mantenido distancia con esta jeringuilla, también porque me gustan más las películas: me someto a un visionado de 3 horas como máximo y la experiencia culmina, adquiero plena consciencia del universo que plantea y puedo pasar a otra cosa. Claro, están las sagas, pero en la mayoría de los casos aguardan por mí en el futuro, dos o tres años, el tiempo promedio que les toma a los grandes estudios hacerlas. Es decir, puedo hacer muchísimas cosas más mientras se estrena la próxima entrega. O si la comencé tarde es probable que deba ver unas cuantas secuelas, cuyas duraciones no se comparan ni por asomo con las que tienen las series de hoy.

Hoy, si no viste Juego de Tronos desde el comienzo y quieres enterarte de quién es el archimeganombrado Jon Snow, ¡pues tienes 67 episodios por delante, amiguito!, que duran entre 50 y 67 minutos cada uno, lo que vendría siendo, más o menos, 4.020 minutos de tu preciado tiempo. ¿De verdad, tanto tiempo?, ¿no puedo hacer algo más?, ¿puedo leer un libro?, ¿puedo ir al baño, aunque sea?, ¿puedo comer? Hay quienes tienen tiempo de sobra para hacer muchas cosas más, aunque de entrada ya parece un esfuerzo ¡bastante grande! y que te mantendrá ocupado un rato largo.

Con las películas las ves y te sales de ellas, saltas a otra cosa para no enloquecer por la saturación. ¿Estás viendo Alien?, ¿qué tal una peli de Cassavetes cuando termines?, ¿ya acabaste? Pasemos a Depredador y luego a Gritos y Susurros. Esta sensación de refrescarse permanentemente y de estar viendo cosas que no se parecen en nada es lo que me mantiene cuerdo. ¿Una maratón de una serie de 121 episodios como Lost? Mis sentidos explotan. Variar y variar es un placer.

Jon Snow/Game of Thrones. Tomada de: commons.wikimedia.org
 Jon Snow. Fuente: www.commons.wikimedia.org

Este, más que un ataque, es la percepción de alguien que no tiene la paciencia para seguirle a las series su ritmo exponencial. Espero que alguien se sienta identificado, sobre todo en un panorama en el que quienes no las vemos somos una minoría. Ustedes, como yo, sabrán lo que es sentirse aislado cuando tus amigos hablan del último episodio de Penny Dreadful, House of Cards o Mr. Robot y lo que es intentar iniciar una conversación sobre El Demonio Neón, la última peli de Nicolas Winding Refn, y que te miren con cara de: “¿de qué mierda estás hablando?”. Ese es el poder de las series de hoy.

Admiración para quienes se enfrascan en ellas y las despachan a una velocidad apabullante. Insisto: esta pataleta, muy personal, está al margen de la calidad artística que posean y va encaminada a desvelar que muchos no tenemos la dedicación de estar un largo tiempo en contados lugares, pues preferimos estar en muchos más y solo por unos instantes. En este caso, como también lo dijo en su momento el crítico argentino Hernán Panessi a propósito de este tema: “Prefiero tocar cien culos diferentes que el mejor culo del mundo”.

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*Este artículo apareció inicialmente en: http://www.lapatria.com/blogs/el-blog-estupido/no-me-gustan-las-series y se reproduce en este espacio bajo la autorización del autor.


**Andrés Rodelo(1988): nació en Ciudad Bolívar, Antioquia. Estudió periodismo en la Universidad de Manizales, donde descubrió su amor por el cine mientras coordinaba el Cineclub Cinéfagos. Escribe para medios como la revista Kinetoscopio, la Revista Online Ocho y Medio y el suplemento cultural Papel Salmón, del diario manizaleño La Patria. Coordina el Cineclub Estúpido de Manizales. En enero de 2013 participó en el VII Taller de Crítica Cinematográfica del Festival de Cine de Cartagena, en el que fue distinguido con la publicación de una crónica suya en el diario del certamen. Dirige también el programa radial Cinerama, de la Gobernación de Caldas. @elrodelo

miércoles, 15 de enero de 2014

¿El dinero te hace malvado?

Por: Paul Piff*

¿El dinero te hace malvado?, Todas las sombras

Quiero que, por un momento, piense en jugar un juego de Monopoly. Excepto que en este juego esa combinación de destreza, talento y suerte que le ayuda a triunfar en los juegos, como en la vida, se ha vuelto irrelevante, porque este juego ha sido arreglado y usted tiene la ventaja. Tiene más dinero, más oportunidades de moverse por el tablero, y más acceso a los recursos. Y mientras piensa en esa experiencia quiero que se pregunte: "¿cómo esta oportunidad de ser un jugador privilegiado en un juego arreglado cambia la forma en que pienso de mí mismo y respecto al otro jugador?". 

En el campus de la Universidad de California en Berkeley hicimos un estudio para revisar exactamente esa pregunta. Trajimos al laboratorio más de cien pares de desconocidos y con el lanzamiento de una moneda asignamos aleatoriamente a uno de los dos para que fuera el jugador rico en el juego arreglado. Tenían dos veces el dinero del otro. Al pasar por el principio recogían el doble del salario, y podían tirar dos dados en vez de uno, así que podían moverse por el tablero mucho más. En el transcurso de quince minutos vimos a través de cámaras ocultas lo que sucedió. 


¿El dinero te hace malvado?, Todas las sombras

Los jugadores se dieron cuenta con rapidez que algo pasaba. Una persona claramente tiene más dinero que la otra, y aun así, conforme el juego se desarrollaba, aparecieron diferencias notables, diferencias dramáticas entre los dos jugadores. El jugador rico comenzó a moverse con estruendo alrededor del tablero, literalmente golpeando con su pieza mientras se movía. Encontramos, con mayor probabilidad, signos de dominación y gestos no-verbales, muestras de poder y celebración entre los jugadores ricos. A un lado de la mesa teníamos un tazón de pretzels. Eso nos permitía observar el comportamiento de consumo de los participantes. Así que contamos cuántos pretzels se comían los participantes. 

De acuerdo, sin sorpresas, la gente nos descubrió. Se preguntaban, para empezar, qué hacía allí ese tazón de pretzels. Uno incluso preguntó si el tazón de pretzels era un truco. Y aún así, a pesar de eso, la fuerza de la situación parece dominar inevitablemente, y aquellos jugadores ricos comenzaron a comer más pretzels. 

Y mientras el juego continuaba, uno de los patrones realmente interesantes y dramáticos que observamos comenzó a hacerse evidente, los jugadores ricos empezaron a ser rudos con la otra persona, cada vez menos y menos sensibles hacia la situación de esos otros pobres, pobres jugadores, y más y más ostentosos de su éxito material, más propensos a exhibir qué tan bien lo estaban haciendo. 

Aquí está lo que pienso es de verdad interesante. Al final de los quince minutos, le pedimos a los jugadores que nos contaran su experiencia durante el juego. Y cuando los jugadores ricos contaban por qué inevitablemente habían ganado en este juego arreglado de Monopoly, hablaban de lo que habían hecho para comprar las diferentes propiedades y ganarse su éxito en el juego, y se volvieron mucho menos conscientes de todas esas características especiales de la situación, incluyendo el lanzamiento de moneda que, aleatoriamente, los había colocado en la posición privilegiada. Y esa es una increíble perspectiva de cómo la mente le da sentido a la ventaja. 

Este juego de Monopoly puede usarse como una metáfora para entender a la sociedad y su estructura jerárquica, donde algunas personas poseen mucha riqueza y estatus, y muchos otros no. Tienen mucha menos riqueza, mucho menos estatus y mucho menos acceso a los recursos valiosos. Y lo que mis colegas y yo hemos estado haciendo por los últimos siete años es estudiar los efectos de esta clase de jerarquías. Lo que hemos venido encontrando en docenas de estudios y miles de participantes en todo el país es que, mientras la riqueza de una persona crece, sus sentimientos de compasión y empatía decrecen, y la sensación de que tiene derecho, de que es merecedor, y su ideología y egoísmo se incrementan. Mediante encuestas encontramos que son los individuos más ricos los más propensos a moralizar la codicia como algo bueno y que la búsqueda del propio interés es favorable y moral. Lo que quiero hacer hoy es hablar acerca de algunas de las implicaciones de esta ideología egoísta. Hablar sobre por qué deben importarnos estas consecuencias y concluir con qué puede hacerse al respecto.

Algunos de los primeros estudios que hicimos en esta área revisaban el comportamiento de ayuda, lo que algunos psicólogos sociales llaman comportamiento pro-social. Estábamos muy interesados en quién es más propenso a brindar ayuda a otra persona, alguien que es rico o alguien que es pobre. En uno de los estudios reunimos miembros ricos y pobres de la comunidad en un laboratorio y le dimos a cada uno el equivalente a 10 dólares. Les dijimos que podían quedarse con estos 10 dólares, o podrían compartir una parte, si querían, con un desconocido totalmente anónimo. Ellos nunca se verían con el desconocido y el desconocido nunca sabría quiénes son ellos. Y monitoreamos cuánto la gente daba. Quienes ganaban 25.000, a veces menos de 15.000 dólares al año, dieron 44% más de su dinero al desconocido que gente que ganaba 150.000 o 200.000 dólares al año. 

Pusimos a gente a jugar para ver quién es más o menos propenso a hacer trampa para incrementar sus probabilidades de ganar un premio. En uno de los juegos incluso arreglamos una computadora para que al tirar los dados fuera imposible obtener un número sobre una puntuación determinada. No podías obtener más de 12 en este juego y aun así, entre más rico eras, mayor era la probabilidad de que hicieras trampa para obtener créditos de cara a un premio de 50 dólares, a veces hasta tres o cuatro veces más probable. 

Condujimos otro estudio donde observamos si la gente se inclinaba a tomar dulces de un frasco que explícitamente identificamos como reservado para niños. No estoy bromeando. Sé que suena como si estuviera contando un chiste. Les dijimos explícitamente a los participantes que este era un frasco de dulces para niños participantes en un laboratorio de desarrollo cercano. “Están en los estudios. Esto es para ellos”. Entonces monitoreamos qué tantos dulces tomaban. Los participantes que se sentían ricos tomaban el doble de dulces que los participantes que se sentían pobres. 

Incluso estudiamos los carros. No cualquier carro, sino si los conductores de distintos tipos de vehículos son más o menos propensos a romper la ley. En uno de estos estudios, observamos si los conductores se detenían ante un peatón que colocamos esperando a cruzar la calle. En California, como todos saben, porque estoy seguro que todos lo hacemos, es Ley detenerse ante un peatón que espera para cruzar. Aquí tenemos un ejemplo de cómo lo hicimos. 


¿El dinero te hace malvado?, Todas las sombras

Ese es nuestro cómplice a la izquierda posando como peatón. Se acerca mientras el camión rojo se detiene con éxito. En la manera típica de California es sobrepasado por el autobús que casi atropella a nuestro peatón. Aquí tenemos un ejemplo de un carro más costoso, un Prius, siguiendo derecho y un BMW haciendo lo mismo. Así que hicimos esto con cientos de vehículos, durante varios días, registrando quién se detenía y quién no. Lo que encontramos es que mientras el precio de un carro se incrementa, la tendencia del conductor a romper la Ley también lo hace. Ninguno de los carros en nuestra lista de los menos costosos rompió la Ley. Cerca del 50% de los carros en nuestra categoría de los más costosos rompió la Ley. Hemos hecho otros estudios y encontrado que los individuos ricos son más propensos a mentir en las negociaciones y apoyar conductas contra la ética en el trabajo, como robar dinero de la caja registradora, aceptar sobornos, mentir a los clientes. 

¿El dinero te hace malvado?, Todas las sombras

No pretendo sugerir que son sólo las personas ricas las que muestran este patrón de comportamiento, para nada. De hecho, creo que todos en nuestro día a día, en nuestras vidas minuto a minuto, luchamos con estas motivaciones en competencia de cuándo, o si, ponemos nuestros intereses por encima de los de otras personas. Y eso es comprensible porque el Sueño Americano es una idea en la cual todos tenemos una oportunidad igual de tener éxito y prosperar, siempre que nos esforcemos y trabajemos duro, y una parte de esto significa que, algunas veces, uno necesita poner sus propios intereses por encima de los intereses y el bienestar de quienes lo rodean. Pero lo que estamos encontrando es que, entre más rico eres, también eres más propenso a perseguir una visión de éxito personal, de logro y realización, en detrimento de otros a tu alrededor. 

¿El dinero te hace malvado?, Todas las sombras

Aquí he trazado para ustedes el ingreso medio de los hogares recibido por cada quinta parte y el cinco por ciento superior de la población, durante los últimos 20 años. En 1993 las diferencias entre los quintiles de la población, en términos de ingreso, son relativamente notorias. No es difícil distinguir que hay diferencias. Pero en el transcurso de los últimos 20 años esa diferencia notoria se ha convertido en un Gran Cañón de clases entre los de arriba y todos los demás. De hecho, el 20% superior de nuestra población posee cerca del 90% de la riqueza en este país. Estamos ante niveles de desigualdad económica sin precedentes. Lo que esto significa es que la riqueza no sólo se ha venido concentrando en las manos de un selecto grupo de individuos, sino que el Sueño Americano se está volviendo cada vez más inalcanzable para una creciente mayoría de nosotros. Y si este es el caso, como hemos venido encontrando, que entre más rico seas te sientes con más derecho a esa riqueza, y es más probable que le des prioridad a tus intereses por encima de los intereses de otras personas, y que estés dispuesto a hacer cosas para servir a ese egoísmo, entonces no hay razón para pensar que esos patrones cambiarán. De hecho, hay muchas razones para pensar que sólo está empeorando, y así es como se vería si las cosas mantuvieran el mismo crecimiento lineal otros 20 años. 

¿El dinero te hace malvado?, Todas las sombras

La desigualdad económica es algo por lo que todos deberíamos preocuparnos, y no sólo por aquellos en el fondo de la jerarquía social, sino porque a los individuos y grupos con mucha desigualdad económica les va peor, no sólo a los del fondo, a todos. Hay una gran cantidad de investigaciones convincentes, provenientes de los mejores laboratorios en todo el mundo, que muestran la variedad de asuntos que se deterioran mientras la desigualdad económica empeora. Movilidad social, cosas que realmente nos importan, salud física, confianza social, todo empeora mientras la desigualdad aumenta. De forma similar, las cosas negativas en los colectivos sociales y las sociedades, asuntos como la obesidad, la violencia, el encarcelamiento y el castigo, se exacerban con el aumento de la desigualdad económica. De nuevo, estos son resultados no sólo experimentados por unos pocos, sino que repercuten en todos los estratos de la sociedad. Incluso la gente en la parte superior experimenta estos efectos.

¿El dinero te hace malvado?, Todas las sombras

Entonces, ¿qué hacemos? Esta cascada de efectos perniciosos y negativos que se perpetúan a sí mismos puede parecer algo salido de control, y no parece haber nada que, como individuos, podamos hacer al respecto. Pero, de hecho, hemos venido encontrando en nuestra propia investigación de laboratorio, que pequeñas intervenciones psicológicas, pequeños cambios en los valores de las personas, pequeños empujones en ciertas direcciones pueden restaurar niveles de igualdad y empatía. Por ejemplo, recordar a la gente los beneficios de la cooperación, o las ventajas de la comunidad, hace que los individuos ricos sean tan igualitarios como los pobres. En un estudio hicimos que la gente mirara un breve vídeo, de solo 46 segundos, acerca de la pobreza infantil. Servía como un recordatorio de las necesidades de otros en el mundo alrededor de ellos. Y después de ver el vídeo, observamos qué tan dispuesta estaba la gente a ofrecer su tiempo a un extraño en apuros que se les presentó en el laboratorio. Una hora después de ver el vídeo las personas ricas se habían vuelto tan generosas con su propio tiempo para ayudar a otra persona, un extraño, como alguien pobre, sugiriéndonos que estas diferencias no son innatas, ni categóricas, sino susceptibles a ligeros cambios en los valores de las personas, y pequeños empujones de compasión y golpes de empatía. 

Más allá de las paredes de nuestro laboratorio, estamos empezando a ver signos de cambio en la sociedad. Bill Gates, uno de los individuos más ricos de nuestra nación, en su discurso de graduación de Hardvard habló sobre el problema que enfrenta la sociedad con la desigualdad como el reto más intimidante, y habló sobre qué debe hacerse para combatirla, diciendo: "los mayores avances de la humanidad no están en sus descubrimientos, sino en cómo estos descubrimientos se aplican para reducir la iniquidad". Y allí está la Giving Pledge, en la cual más de 100 de los individuos más ricos de nuestra nación se han comprometido a donar la mitad de sus fortunas a la caridad. Y está el surgimiento de docenas de movimientos, como We are the One Percent, Resource Generation, o Wealth for Common Good, en los cuales los miembros más privilegiados de la población, miembros del uno por ciento y otros lugares, personas ricas, están usando sus propios recursos económicos, adultos y jóvenes por igual. Eso es lo que más llama mi atención, están aprovechando sus propios privilegios, sus propios recursos económicos, para combatir la desigualdad mediante la promoción de políticas sociales, cambios en valores sociales y cambios en el comportamiento de las personas. Trabajan en contra de sus propios intereses económicos, pero pueden terminar restaurando el Sueño Americano.

*Paul Piff: psicólogo social e investigador de post-doctorado en la Universidad de California en Berkeley

Traducción al español: David Quiceno