"
Mostrando las entradas con la etiqueta David Quiceno. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta David Quiceno. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de diciembre de 2013

Contra el misticismo cuántico

Por: David Quiceno



Calificación:
Todas las sombras - Contra el misticismo cuántico

Una farsa. Un rosario de especulaciones medio chamánicas, medio gurúicas, presentadas como ciencia. Eso es ‘What the bleep do we know!?’, el docudrama de 2004 sobre… ¿sobre qué? ¿Las dificultades de ser sordomudo? ¿Las adicciones? ¿La colorida imaginación de un grupo de profesores? ¿La física cuántica? ¿La conciencia? ¿Las ventajas de ser positivo? ¿La existencia inminente de Dios? No sabe uno. Está todo presentado tan a la ligera, tan desperdigado, que no queda claro. Leo que, a desprecio de todos sus defectos, -las pésimas actuaciones, la ausencia de documentos, el exceso de exclamaciones- se ha convertido en un éxito de ventas, lo que llaman un ‘sleeper hit’, del que no se esperaba mucho y terminó recaudando nada menos que dieciséis millones de dólares. Para eso está hecha, como las novelitas de Paulo Coelho, como los secretos de Rhonda Byrne, como los doctorados de Edgar Morín. Pero más que nada, de entre todos los libros de supermercado, se parece a los cotilleos de Deepak Chopra, el médico conferencista del ‘new age’. Como en los artículos del hindú, el principal escudo de toda la línea de pensamiento es la ignorancia del espectador. La adaptación al español del título ya nos lo predice: ‘¿¡Y tú qué sabes!?’. Porque eso es lo que se busca: adeptos que ni sepan ni corroboren. Queremos entonces un tema que la mayoría no domine, que pocos puedan desmentir y que, a la vez, nos preste su reputación para presentar como incuestionables las más descabelladas nociones. ¿A quién todos respetan como autoridad intelectual, aunque no lo entiendan? A los matemáticos del universo invisible: Planck, Einstein, Heisenberg. Se suman un par de tarjetas con la etiqueta PhD y el público termina bebiendo como de la fuente misma de la sabiduría. Veamos lo que falla. 

La existencia de realidades paralelas:

Una de las exageraciones a las que la película dedica grandes porciones de la trama es la presentación del mundo como un universo sincrónico de otros. Es decir: un multiverso, como el de Marvel o el de DC Comics en los que coinciden Superman y Batman, Deadpool y Doctor Who, Wolverine, Iron Man y los Gemelos Fantásticos. Que los mencione no es aleatorio, porque es lo que quiero decir: esto es cosa de muñequitos, de ficción. Para la mecánica cuántica la existencia de múltiples universos es apenas una hipótesis que permite resolver algunos interrogantes, creando otros. Pero no tenemos una base sólida para considerar que nuestra realidad funcione así y, por lo tanto, hace falta cierta desvergüenza para pregonar la idea como una verdad comprobada. Muchos supuestos de las ciencias naturales han sido desvirtuados con el paso de los siglos, incluso los más serios. Para ejemplo: la gravitación universal de Newton, que se ha refutado de varias maneras. La primera desde su mismo campo, propuesta por los relativistas, que dicen que lo que conocemos como gravitación es “una ilusión del espacio tiempo, que deforma la geometría de la tierra y da la apariencia de que somos atraídos hacia ella”. Existen, también, críticas de razón. Hay una presunta incompatibilidad de conceptos como la tercera ley de Newton (toda acción tiene una reacción equivalente) y el libre albedrío (la ilusión de libertad). El célebre profesor de Berkeley, John Searle, lleva algunos años ocupándose del asunto. Otra crítica de razón es la causalidad, que aplica sobre el principio de atracción: no es posible observar, medir o inferir la fuerza entre dos objetos a distancia que no se tocan. Las realidades y las posibilidades no son lo mismo, y los directores de ‘What the bleep’ parecen olvidarlo. Que para la solución de una ecuación se requieran ciertas condiciones no quiere decir que funcionen en el absoluto. 

El viaje en el tiempo:

Sin ningún empacho el filme nos dice que el viaje en el tiempo está comprobado por la mecánica cuántica, y no es cierto. Es cierto que tras siglos de trabajar con la noción propuesta por Kant que regulaba el tiempo como una convención equivalente para todo observador, Einstein propuso que, en determinadas circunstancias, el tiempo transcurre más despacio. En determinadas circunstancias como la velocidad de la luz, que estamos lejos de alcanzar. Una inferencia lógica que de allí se desprende es que, si algo viaja a suficiente velocidad, puede percibir que pasan algunos minutos mientras para los demás observadores transcurren horas. En teoría: un viaje al futuro. Pero la versión contraria que presenta ‘What the bleep’, de hacer que el universo entero retroceda a un estado previo, no es ni siquiera una hipótesis. La ausencia de turistas del futuro, dice Stephen Hawking, lo confirma. Algo tiene que indicar sobre la calidad del documento el que se presente como un hecho que no sólo podemos movernos en diferentes realidades, sino que podemos ir hacia atrás y hacia delante, como omnipotentes hechiceros. 

La intención y el pensamiento positivo:

Hacer sentir al espectador poderoso, capaz de controlar la realidad, es precisamente la pretensión de ‘What the bleep’ y es, en parte, lo que le da buena acogida: la autoayuda, el autoelogio, la masturbación mental goza de una gran audiencia. Pero no son ciencia, aunque finjan de tal, y no deben tomarse en serio, aunque nos sonría el corazón (¿el corazoncito?) haciéndolo. Dos son las premisas en esta sección: que existe una conexión entre todos los componentes del universo y que, dado que existe y que nuestra voluntad es uno de ellos, lo que pensamos puede alterar la realidad. Para reforzar el concepto aparece una mujer vestida de arcoíris a repetir que “cada una de las células de nuestro cuerpo posee conciencia”. Mientras discurre, unas animaciones gelatinosas hacen gracias en la pantalla: se mueren de hambre, se enojan, se excitan, se golpean, se desean, se persiguen, se besan. En otro punto se exponen fotografías microscópicas del agua, a cargo de un japonés doctorado en medicina alternativa, Masaru Emoto. Unas de hexágonos simples, cristales en su estado puro, según dicen. Otras horrendas, afectadas por el pensamiento negativo. Y unas terceras bellísimas, como lo que imaginamos es un perfecto copo de nieve, transmutadas por la bendición de un monje o por la inspiración del amor y la calma. ¿Si el pensamiento es capaz de hacerle eso al agua -nos preguntan-, qué no podrá hacer con nosotros?


Tres cosas qué decir. Primero: esto ya no son intrincadas ecuaciones que sólo un puñado de personas puede resolver (aunque ninguno de los argumentos lo es, hasta los físicos más enigmáticos saben escribir, otros dedican buena parte de su carrera a presentar las implicaciones de lo desarrollado, como Carl Sagan o el mismo Hawking), sino ciencia de difusión, de la que interesa y sale en periódicos. Ni la conciencia ni las intenciones han sido encontradas en el mundo físico, y eso lo sabe cualquiera que consulte con regularidad un entorno de reflexión más o menos prudente. Se lo oí hace poco, en el TED CERN, al mencionado John Searle: en gran medida el fracaso de la robótica está dado por no haber podido definir, ni por lo tanto replicar o duplicar, cualquier vestigio de conciencia. Creemos que está por allí, pero somos incapaces de decir qué o dónde. 
Segundo. Leo que la mujer, Candace Pert, es neurobióloga especializada en farmacología y que su propuesta va en la línea de que si la conciencia está en las personas, y las personas están compuestas de células, entonces la conciencia está en las células. En palabras más comerciales, lo que le gusta repetir a los gurús de todos los ámbitos, entre ellos a Deepak Chopra: “el todo es las partes y las partes son el todo”. Como recurso literario esto puede tener alguna fuerza, ¿pero como hipótesis en la academia? Empiezo a sentir que me repito, pero aceptar que algo está conectado (lo cual es razonable), no implica aceptar que ambas cosas son iguales. No está mi televisor en la electricidad ni la electricidad es mi televisor. Si la conciencia estuviera compuesta por la materia de que estamos hechos a lo mejor bastaría clonar alguna porción de tejido e implantarlo a una máquina para transmitirle nuestra vida. O bastaría, como creen algunas comunidades remotas, con ingerir el corazón de otra persona para hacernos con su esencia y sus pensamientos. Nada hay (aparte de ficción y santería) que nos dé el más mínimo indicio de que esto sucede. 
Tercero. Al mundo le pasan cosas y, como no podemos controlarlas, creemos que están destinadas a suceder. Nos pasan y creemos que nuestro poder de decisión es nulo, que una mano invisible tiene definidos los acontecimientos desde el día en que vemos la luz hasta el momento de la muerte. Ese es, a grandes rasgos, el golpe que le da el determinismo al concepto de libre albedrío. No voy a pretender que tengo la respuesta, pero sé que el documental tampoco. Lo que plantea ‘What the bleep’ es la oposición total a la causalidad: todo lo decidimos, todo lo influimos, somos tan libres que no somos partes sino el universo entero. En esto hay una falacia evidente: la confusión de la libertad y la voluntad. Libertad es la capacidad de tomar decisiones en una brecha que se nos abre, de a pocos y sólo para algunas cosas, que nos permiten ir hacia la izquierda o la derecha, vestir la camisa naranja o la azul a cuadros. Pero la voluntad es el puro deseo, las ganas de que algo sea de una forma o de otra. Y por mucho que queramos, es una tontería pensar que todas y cada una de las voluntades de nuestro mundo ejercen influencia sobre lo que sucede. No sucedería nada, en ese caso, en espera de la votación universal para ver si las voluntades quieren o no que salga el sol. 

Los entrevistados:

Atiborrado de sinsentidos como está el producto, lo primero que uno tiende a pensar es que lidiamos con irresponsables que decidieron interpretar, a la buena de Dios, los dilemas más complejos de la existencia. Pero esta gente se juega sus títulos, y en más de un caso su prestigio como profesores: está la neurobióloga de la John Hopkins y el físico nuclear de la Universidad de Oregon, el anestesiólogo de la Arizona, el psiquiatra del MIT y el ingeniero de Stanford. Son graduados y no simples ‘expertos’ o ‘especialistas’, como suelen declararse los charlatanes que, sin nada que perder, buscan sacar algún dinero de la controversia mentirosa que generan sus ideas. Sólo David Albert, un filósofo con aire transilvano de la Universidad de Columbia, se declaró avergonzado del material resultante y acusó a los directores de haber editado tendenciosamente las declaraciones para ajustarlas a su propia agenda.
Así, la película termina siendo un golpe a los que se consideran los grados académicos superiores. Si uno sale de un doctorado así de equivocado, ¿qué sentido tiene hacerlo? ¿Qué dificultad representa aprobarlo? Aunque me falta decir algo: en el reparto también está la clave para la flagrante estupidez. Los dos integrantes con mayor despliegue en el filme son Joe Dispenza, quiropráctico a medio camino entre Chavelo y Oliver Hardy; y Judy Zebra Knight, una rubia de labios protuberantes que se presenta como ‘master teacher’ (maestro de maestros), eufemismo grandilocuente para lo que en realidad vende: ‘spiritual guide’ (guía espiritual). A estos curiosos personajes los conecta una institución: la Ramtha’s School for Enlightment (Escuela de Ramtha para la Iluminación). ¿Y quién es Ramtha, que no la vemos en la película? Una revelación. Una entidad de 35.000 años, dice Knight, que en 1977 se le apareció para contarle “cómo se hacía la realidad”. Ya que ella tuvo la suerte de registrar la aparición terminó fundando y dirigiendo la escuela. Tres de sus discípulos son los directores del documental. 

Los que he mencionado son sólo unos de los tantos elementos flojos de esta farsa. Sé, por ejemplo, que la anécdota sobre los indios incapaces de ver las naves de Colón no es cierta. Tampoco es cierto el supuesto estudio realizado en Washington donde a partir de 4.000 personas meditando se logró una reducción en la tasa de crimen (¿cuál?) del 25% . Del objeto que está en dos lugares a la vez, y que se puede ver en “numerosos laboratorios a lo largo de Estados Unidos” no encuentro ninguna información. Sé que la referencia al colapso de la función de onda (las pelotas de baloncesto) emplea una falacia que confunde al observador con el determinante, e incluso sé que mienten en los puros detalles, como que el cuerpo humano es 90% agua. 
Hablando de agua leo que Masaru Emoto, el dueño del estudio microscópico sobre la influencia de las palabras y los pensamientos en los cristales, vive en el descrédito por acomodar los resultados de sus experimentos. Como no ha logrado probar nada, vende calendarios en Facebook, a 29 dólares la pieza.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Mockus, el ubicuo

Por: David Quiceno

Todas las sombras, Mockus, el ubicuo

Una vez más aparece Antanas Mockus. Ahora aspirando al Congreso “con toda la fuerza del mundo”. Por el sólo anuncio le hacen una entrevista, nada menos que la revista SEMANA, y nada menos que María Jimena Duzán. Al instante cae la fiebre: ocho mil ochocientas reproducciones del artículo vuelan por Internet. Claman los efusivos como ante el regreso del Mesías, los mesurados hablan con respeto de la candidatura, aunque se vaya perdiendo la cuenta de cuántas veces lo han visto en un tarjetón. El doctor Antanas es -dicen-, un hombre serio, diferente, inmaculado, no un político sino un intelectual. ¡Lo que Colombia necesita!
Una pausa, por favor, antes de declarar otra marea (¿de qué color esta vez?). No sé cómo hace la gente para no cansarse, para mantener esos niveles de entusiasmo, inagotables, por una figura que no aporta una sola prueba de ser lo que dice. ¿Mockus no es un político tradicional? Pero si demuestra más ansias de poder que Serpa o Santofimio en su momento, a tal punto que en este país parece que no podemos pasar unas elecciones sin ver su nombre. Todos los cargos los ha pretendido: tres veces la alcaldía de Bogotá, dos el senado, varias la dirección de partidos, tres más la presidencia de la república y una la vice-presidencia. Eso, pues, que se sepa. Lo vimos candidato a la alcaldía en las elecciones que perdió ante Gustavo Petro, y a la presidencia en los últimos comicios, que perdió ante Juan Manuel Santos, y en los anteriores a esos, que perdió ante Álvaro Uribe. Antes la había buscado en el 98’, con una candidatura de la que sólo se recuerda el vaso de agua que le tiró en la cara a Horacio Serpa, para terminar figurando en la lista del Partido Conservador, detrás de Noemí Sanín, también derrotada. Al Congreso ya se había lanzado en 2007, sin obtener curul. Desde su última victoria en política han pasado más de diez años, recuperando la alcaldía que abandonó intempestivamente para recorrer el país seguido por doce hombres disfrazados de apóstol, en una demagógica campaña de la que no resultó un solo electo.
Eso es lo de Mockus: lo intempestivo con apariencia de pedagogía. Se levanta de las entrevistas, se viste de zanahoria, se pinta de colores la barba. Todos lo recuerdan bajándose los pantalones ante un auditorio, repartiendo chalecos antibalas de corazón, improvisando rap o contrayendo nupcias montado en un elefante. ¿Lo recuerda, alguien, en un ejercicio de verdad intelectual? ¿Mil horas de trabajo voluntario como solución al conflicto armado de Colombia? Ostenta una maestría, y poco más hay para decir. ¿Cuál es su propuesta para los temas serios? Nada. No habla de cómo reformar la salud, ni la justicia, ni el agro. En comercio internacional no se pronuncia (aunque por su gestión se intuye que es neoliberal). Para la educación, en la que se supone experto, no trae más que pancartas, ¿lo ha visto alguien -ahora que en esas andan los estudiantes- enarbolando la reforma a la educación?
La paz. Con eso pretende ser elegido esta vez, pero sin propuestas. Le pregunta María Jimena en la entrevista qué proyectos de ley piensa presentar. Responde que su objetivo es que no sean leyes inocuas ni saludos a la bandera”. Lo dicho: nada. Se le dan los moralismos, los temas simples, la repetición incesante de consignas propias de una misa de domingo: “la vida es sagrada”, “los recursos son sagrados”, te invito a construir, a ser proactivo, a no destruir. Pero detrás está el vacío, enmascarado de autoridad por la corbata y el tono pausado, y por la historia de haber sido rector de una universidad de la que fue expulsado por mostrar, literalmente, el culo.
Así las cosas, Mockus da la impresión de ser todo menos lo que en realidad es: un payaso. No tiene necesidad, porque los payasos también pueden salir electos. En Brasil lo demostró el comediante Tiririca, cuyo lema de campaña podrían adoptar, sin miedo, los fanáticos de Antanas: “vote por mí, porque peor de lo que está no se pone” o “yo no sé qué voy a hacer en ese cargo, pero cuando llegue allá le cuento”. En esto radica la esencia de su voto: en que todo lo demás sea peor y no, como viene haciendo hace veinte años, en abaratar la imagen del académico a la pedagogía del jardín infantil.
María Jimena Duzán termina la entrevista para SEMANA preguntando al cómico, al desopilante, al hilarante, al ubicuo, al eterno pero nunca aburrido candidato Mockus cómo piensa lanzar esta campaña, si tal vez saltando de un segundo piso, como hizo en su primera vez. Buscando el titular, Antanas contesta: invitaría a la gente a que hiciera el amor por Skype (…). Espero que la propuesta se entienda y no la consideren una perversión”.
Una perversión no, doctor Antanas: una bobada

domingo, 1 de diciembre de 2013

La justicia que tenemos

Por: David Quiceno

Todas las sombras, La justicia que tenemos

Las democracias tienen, todas, grandes problemas de gestión. Uno de los más serios es que la época electorera (la renovación o, con más frecuencia, la confirmación de funcionarios en los mismos puestos) cambia el panorama administrativo. Esto es especialmente grave en un país con los niveles de corrupción y apatía política que tiene Colombia. En una sociedad despierta tienden a mejorar los índices: la policía sale a las calles, el Congreso aprueba leyes rimbombantes y la economía, en más de una ocasión, recibe soplos inesperados: disminuciones en las tasas de interés y desempleo o aumentos súbitos del gasto público en áreas poco comunes. Buscando votos aparecen, en tropel, los gobernantes y las medidas que en otro tiempo se eclipsan con reinados y partidos de fútbol. Si bien esto a menudo proviene de peripecias estadísticas, da para crear la sensación de que se vive un buen año.
En Colombia no. Nuestro país pasa por uno de esos casos donde el Congreso se ha dado el lujo de recortar su período y, tomándose el primer año para instalar las sesiones y el último para hacer campaña, cobran por cuatro legislando dos. Como la navidad, que desde hace años empezaba en noviembre y de un tiempo para acá se pueden ver guirnaldas y luces intermitentes a mediados de octubre, nuestro Congreso ha dejado claro que el segundo período de 2013 y el primero de 2014 serán áridos. Que no se atreva nadie a llegar con debates complejos, con temas que haga falta discutir. Dos períodos (un año legislativo) no son suficientes. En el Capitolio, por estas fechas, sólo se oyen murmullos. Porque hay que hacer campaña, repartir afiches y aguardiente, sonrisas y lechona en cuanto pueblo alcancen las Toyota blindadas de que disponen. De allí que sorprendiera cuando, a principios de noviembre, el gobierno habló de presentar una nueva reforma a la justicia.
No es que no la necesitemos, pero este no es un país que suela aprovechar las coyunturas en beneficio de sus ciudadanos. Después del texto reversado en 2012 falta uno nuevo para dejar en firme la nivelación salarial que dió origen a los sucesivos paros en 2012 y 2013, y falta ajustar los recursos para hacer aplicable el sistema a que nos condenó el gobierno de Álvaro Uribe: el penal acusatorio. Pero eso es lo que menos preocupa a los congresistas, sus instancias judiciales (la Corte Suprema y el Consejo Superior) no son las que adolecen de bajo presupuesto. Si lo hicieran, incluso, tendrían en ello una fuerte carta para negociar. Eso por hablar del par de dolencias que confiesa el gobierno, “esfuerzos administrativos y presupuestales insuficientes para lograr sostenibilidad” y “dificultad en la coordinación de la oferta”. Pero una reforma seria debería replantear los inconvenientes del mismo sistema, que son muchos. Entre ellos uno que conocemos por los dramas de Hollywood: que para atrapar a criminales de alto rango los fiscales negocian penas irrisorias con los ejecutores, de menor importancia política. Y uno derivado, no tan popular en las películas: que la gente suele aceptar culpabilidades que no tiene. Si un fiscal le llega a un inocente con una prueba circunstancial y le dice que puede aceptar un trato por tres años de cárcel, o ir a juicio y arriesgarse a veinte, en un país donde los buenos abogados cuestan y los derechos son del que puede defenderlos, la lógica dice que muchos aceptarán. El Colombiano, un periódico de derechas, recoge unos cuantos adicionales. El primero es que el sistema penal acusatorio facilita el “abuso de las suspensiones y los aplazamientos de las audiencias orales y la lectura de las intervenciones”. También resultan problemáticas las particularidades del entorno local, por un lado el exceso de legislación y por otro la consabida deficiencia de presupuesto. Es decir: con la introducción del nuevo sistema creció la normatividad y no los recursos asignados.
Nuestro modelo judicial está entre los peores del mundo: uno de los más corruptos, arruinados, proveedor de condenas inmerecidas y, según el Banco Mundial, el sexto más lento. Para entablar un debate serio, el año electoral sería ideal. Los senadores, próximas las votaciones, no se podrían arriesgar a otra vergüenza como la de 2012. El Presidente, candidato a reelección, haría lo que esté a su alcance por pasarla, incapaz de soportar otro revés como los que viene teniendo (en seguridad, en justicia, en educación, en agricultura..). La discusión no sólo tendría que darse hasta el final, sino que se daría con un mínimo de decoro, pues la cercana medición obligaría a los políticos a moderar sus picardías. Esto es: si la colombiana fuera una democracia activa, con electores críticos, y los gobernantes ejecutores dispuestos a pasar proyectos en el momento en que se debe y no en el que es ‘políticamente correcto’. Pero no lo son, y por eso se dan gusto vendiendo titulares plagados de ideas que no pretenden llevar a cabo.
Leo veinte días después que el ministro Gómez Méndez declara que presentará la reforma, pero que no piensa tramitarla en el primer periódo de 2014, sino dejar para que la apruebe el próximo Congreso. Un Congreso que, recién elegido, podrá hacer con ella lo que quiera: en cuatro años todo se olvida. Con eso el interés vuelve a ser exclusivo del único tema que todos sabemos no es posible resolver en lo que queda del mandato: la paz; y los candidatos estarán llenando sus campañas de banderitas de 'la quiero', 'no la quiero' y 'lo pensaría'. Por gracias como esta se profirió esa frase que le atribuyen a Bernard Shaw, según la cual a los políticos y a los pañales los cambiamos seguido, por la misma razón. En esas estamos. Ojalá y le buscáramos alguna utilidad. Eso sí, hay que asistir a los mítines, seguro habrá natilla y buñuelos

domingo, 17 de noviembre de 2013

The Wire

Por: David Quiceno



Calificación:
Todas las sombras, The Wire

Escrita por un periodista temperamental y un veterano de la guerra de Vietnam, dueña de cinco temporadas, de sesenta capítulos y un reparto coral de más de treinta personajes, a The Wire le queda corta cualquier retahíla de elogios. No soy el primero que lo intenta, por supuesto. Desde los convencionales críticos de periódico hasta novelistas de la más consagrada línea, pasando por incontenibles grupos de fanáticos y actores, directores y tramoyistas la serie, hace más de una década, viene recibiendo su justa dosis de mermelada. Sin mucha expectativa la encontré hace un par de meses, y el resultado ha sido tan avasallador que me está costando revisar tramas menos densas sin caer en una crítica desdeñosa. No lo esperé hasta muy entrada la serie, y esa es la principal recomendación que quisiera hacer a cualquier eventual y nuevo espectador: que aguante. Porque en las primeras horas el tránsito de las cámaras nítidas de 35mm conque se graba el cine actual hacia la pobre imagen que conseguía la televisión once años atrás cuesta. Cuesta la ausencia de WideScreen, que deja sendos cuadros negros a lado y lado de la pantalla, o la falta (por costumbre) de una presentación efectista, pulida hasta el exceso en el computador. Con nada de lo anterior cuenta The Wire, pero ninguna como esta serie para probarnos que eso es la pura envoltura, que hace falta una cierta ignorancia para pensar que una historia se hace grande derrochando presupuesto en fotografía y CGI. ¿De qué se trata entonces esta serie que pontifico tan descomunal y por encima de las demás? De todo. The Wire trata de la vida misma en un mundo que colapsa, como el nuestro. ¿Cómo explicarlo? Más de uno ha echado mano de un reduccionismo apócrifo: decir que es una serie policíaca que se centra en un grupo especial de interceptaciones telefónicas en la ciudad de Baltimore. Nada más cierto y a la vez lejos de la verdad. The Wire, sí, utiliza el esquema clásico de una confrontación entre policías y traficantes, sucede en la ciudad de Baltimore y las interceptaciones telefónicas se presentan como una de las principales herramientas de la policía. Pero limitarse a decir esto, enmarcarla en un género para que se confunda con Miami Vice, Rookie Blue o CSI es un despropósito. Porque, en comparación con la imagen descarnada de la realidad que nos pinta The Wire, los intentos de realismo que adornan la temática del cine y la televisión de hoy se me antojan tiernos. Además, no se queda ni en la policía ni en las drogas, aunque sea verdad que esas dos líneas conectan las muy diversas tramas. The Wire contempla, y nos entrega para que suframos, para que riamos y lloremos, las historias de todos los afectados por una sociedad convulsa: el agente que se preocupa y el que no, el político que aprovecha y el que no, el mendigo, el estudiante, el periodista, el fiscal, el abogado, el trabajador, el vendedor, el productor y el intermediario. El ciudadano de a pie que quisiera, pero no consigue, marginarse; el profesor de escuela que quiere, pero no puede, ignorar lo que está viendo. El ex-presidiario que busca redención y el director de campañas políticas, que la vende para conseguir votos. Todos, en cierto punto, en cierta situación, son lo uno o lo otro, porque The Wire también es rica en disyuntivas, en ambigüedades morales y en críticas a nuestra condición humana. Se trata de una serie que nos muestra el abandono de las instituciones, pero también el abandono al que como individuos nos entregamos si la suerte se ensaña con nosotros.
Pensándolo bien, se me ocurre una forma de explicar esta trama: The Wire es una serie sobre los demonios. Sobre los demonios que rondan nuestra vida y sobre los ángeles que nos desamparan. Lo dice la canción de Tom Waits, que suena en el inicio de cada capítulo: “you gotta keep the devil, way down in the hole”, (tienes que mantener al diablo, bien abajo en el agujero). La frase misma es una resignación, una suerte de vacío, de derrota. Al diablo no podemos matarlo, ni suprimirlo, sino, y a duras penas, esconderlo, empujarlo al fondo de un hoyo del que siempre vuelve a salir. Eso es The Wire, la serie que nos muestra los esfuerzos descomunales en que se empeña la sociedad para afrontar guerras que tiene perdidas, que siempre pierde. Y el diablo, para todos, es diferente. Para unos es el choque entre bandas por el control del tráfico, que implica miles de muertos, para otros la adicción que enajena la voluntad. Para los más, la simple ira, el enojo de un compañero al lado o la retaliación desproporcionada de un jefe, un superior o un alcalde que han encontrado una mancha en su gestión. Dice al final la canción: “you gotta help me keep the devil, way down in the hole”, porque The Wire también es una historia sobre la soledad, sobre el grito de ayuda (¡help me!) que no es atendido, y ante su desatención, ante la indiferencia de los demás es que nos convertimos en lo que nunca esperamos. El universo de The Wire es un universo hobbesiano donde cada quien, sin importar el cargo que ocupe, actúa por su propio interés, se preocupa primero de la estadística que está reflejando y después, si tiene tiempo, si le conviene, de los demás. Escribe Mario Vargas Llosa que esta serie le recordó “esas grandes novelas decimonónicas de Dickens o de Dumás”. A mí me recuerda, precisamente, las novelas de Vargas Llosa: los funcionarios corruptos de Conversación en la catedral, las investigaciones contrahechas de Lituma en los Andes y Palomino Molero. McNulty de algo se me parece al capitán Pantoja y William Rawls, uno de los personajes mejor logrados, al acomodaticio Tigre Collazos. Pero prefiero no ahondar y arriesgarme a lanzar spoilers, una serie tan exquisita, que aplasta de forma tan contundente nuestra ilusión de que la sociedad está bien, que no nos consuela ni nos entrega finales felices o vacío optimismo, merece ser juzgada en persona. Para eso al final de esta entrada remito a un enlace donde podrán encontrar las tres primeras temporadas. Como cualquier cosa en este mundo, The Wire tiene sus altibajos. Algunas actuaciones, por ejemplo, podrían mejorar. Personajes como los de Marlo Stanfield o Shakima Greggs, incluso el de Cedric Daniels, podrían haber tenido una mejor interpretación, pero se trata de tal variedad, y de historias tan nutridas, que ni un papel mediocre arruina el conjunto. Otro punto negro para la historia de la televisión más que para la de la serie es la sorprendente ausencia de premios. The Wire es para los Emmy y los Golden Globe el error que para los Nobel significó haber ignorado la poesía de Borges o la narrativa de Tolstoi, el premio que no entregaron pero todo conocedor sabe que merecían por sobrados méritos.
Al querido lector le puede parecer que me estoy excediendo en halagos, pero por esto no tiene que preocuparse. The Wire no es una serie pretenciosa, a tal punto que, ya mencioné, tarda en desnudar su impecable calidad. No venimos a entender lo que sucede sino hasta varios capítulos después, no nos sentimos retratados sino hasta varias temporadas más tarde. El producto se toma su tiempo, está hecho para contar, para transmitir y no para entregar al televidente la respuesta fácil en los primeros minutos. Como cualquier morbodrama de Tarantino, la serie abre el telón con tres hilos de sangre corriendo a través de un pavimento agrietado. De allí, de la aparente simpleza y esquematismo, comienza el viaje por un río de historias que, como en el poema de Borges, son un espejo que nos revela nuestra propia cara. Al nuevo espectador hay que pedirle que no desespere, que se tome su tiempo para juzgar y no se deje engañar. Las dos primeras temporadas son una presentación del entorno, la primera es la más policíaca, y nos muestra una cacería en toda regla, nos enseña cómo piensan los detectives y administrativos de la policía de Baltimore. La segunda es tal vez la más lenta y difícil de ver, pero sin ella no serían posibles las demás, porque es la que muestra las tribulaciones del trabajador raso en oposición a la tranquilidad del importador de droga. La tercera, por fin, comienza lo que creo es la verdadera historia de The Wire: lo que le hace el conflicto que nos han presentado en las veinticinco horas pasadas a la sociedad, que incluye la política y la educación. La cuarta nos muestra, desde adentro, lo que implican unas elecciones en una ciudad, y para cerrar la última nos introduce al mundo del periodismo y con él, con el escándalo, se atan todos los cabos sueltos en los cincuenta capítulos anteriores. Si continúo temo arruinar la experiencia para alguien, así que remito a una página donde pueden encontrar las tres primeras temporadas, en idioma original y subtituladas, como debe ser: The Wire online. Por último y sólo para disfrutarla, la mencionada canción de Tom Waits que abre la serie, de su álbum ‘Frank’s Wild Years’ (1987):





domingo, 10 de noviembre de 2013

La buena televisión

Por: David Quiceno
La buena televisión, Todas las sombras

Decía que el cine y la televisión, al igual que algunos ritmos musicales, reciben una oposición insensata e intolerante. Porque aunque se entiende que ‘Gatita dame calor’ no atraiga al mismo público que Bach, ambas son elementos de expresión y no de educación. Resulta injusto reclamarles profundidad, porque no son filosofía, o acusarlas de transmitir un mensaje que no nos identifica, si otros lo hacen. En los escasos minutos que dura una canción a lo mejor que un artista puede aspirar está entre una sonrisa y una lágrima, ambas pasajeras. Algunos se erizan con la tristeza de los adagios de Albinoni y a otros les sucede con la salsa de Marc Anthony. Todo depende de patrones culturales específicos que provienen de nuestra educación sentimental. Pero a diferencia de la música, la televisión, que corre veinticuatro horas al día, siete días a la semana, es un medio que puede permitirse la extensión necesaria para desarrollar ideas complejas. No todos lo hacen, y hasta cierto punto está bien. En un mundo tan lleno de angustias y misterios, de frustraciones e injusticias como el nuestro a veces la frivolidad, la comedia y la payasada se convierten en escapes necesarios. Pero si eso es todo lo que tenemos, la televisión habría perdido su capacidad de transmisión y, en consecuencia, su carácter artístico. Si un instrumento tan imponente como este sólo nos entrega novelones esquemáticos y programas de concursos, si nos muestra el espectro que va del ‘Factor X’ a ‘María la del barrio’ entonces en vez de ayudarnos a pensar nos está bloqueando. El abuso del entretenimiento, al igual que el del sexo, las drogas o el alcohol, nos hace vulnerables a la manipulación. La excusa de quienes dirigen las cadenas es que se le da a la gente lo que quiere, lo que pide, lo que eleva más el rating. Pero la obligación de los artistas y los directores de medios está también en retratar los claroscuros, la dualidad moral sin la cual es imposible la realidad. A veces lo fácil, pero cuando se precisa lo que no lo es. Me veo tentado a seguir por esta vía, dedicarme a hablar de las tantas cosas tontas que nos meten por los ojos. Si nos guiamos por RCN y Caracol, por TeleAzteca y VeneVisión o por Disney y Fox nada de esto existe. Si nuestras guías son quienes producen basura, la suerte está echada, el fracaso es rotundo y la intención de alienar que tiene la TV supera por mucho la de reflexión. Con este artículo pretendo algo menos pesimista. Lo que busco aquí es defender, al igual que con la música en la entrada anterior, que la estupidez no es propia del medio (no es todo el reggaetón, ni toda la TV), sino específica en cada mensaje (son algunos programas, así sean muchos programas).
            No pienso quedarme en el facilismo de la cultura y las investigaciones: Discovery, History, Señal Colombia. Su labor, sin duda encomiable, ofrece un producto tan diferente a quienes lideran la carrera por el rating que dificulta la comparación. Por otro lado su credibilidad está cada vez más manchada, en el caso local, por documentales falaces (cuyos datos, de todas maneras, nadie verifica ni condena), y en el internacional por elementos sensacionalistas (infinitos programas sobre ovnis o realities de médiums). Quiero discutir buen entretenimiento, con tesis, con significado. En definitiva: buena televisión dramática, que la hay. Para empezar quisiera ofrecer al lector un par de indicadores que tal vez desconozca. Por un lado, el ranking de las 100 series mejor escritas, elaborado por la Asociación Americana de Guionistas. Por otro el listado que se va creando a partir de la votación entre los mismos televidentes en el Internet Movie DataBase (IMDb highest rated TV Series).
            ¿Qué hacen allí, tan adelante, bufonadas como 'Arrested Development' o '30 Rock'? No sé, imagino que algo similar a lo que le da mil ochocientos millones de visitas al 'Gangnam Style', del rapero Psy. Pero sí sé de otros que se han ganado su lugar con un guión sorprendente, una producción limpia y unas actuaciones destacadas, como 'Dexter' o 'Sopranos'. No pretendo, ni mucho menos, haber pasado por todos los elementos de la lista, pero sí le he metido el diente a un buen número de ellos. Reconozco que se trata en su mayoría de series norteamericanas, pero lo más seguro es que esto extrañe a pocos. Si hay una industria sobre la que Estados Unidos posea una ventaja descomunal con respecto a sus competidores es la de las artes audiovisuales. En contraposición el modelo con el que se hace televisión en Latinoamérica impide, casi adrede, las buenas historias. No por la tecnología de las cámaras y los efectos especiales; que se entiende proliferan en las potencias económicas; sino por lo que se busca con el producto: presentar cinco o seis nuevos capítulos de lunes a sábado después del noticiero de las siete, sin interrupciones entre temporadas, salvo los quince días de sagrado descanso en la navidad. ¿A qué genio torrencial se le pueden encargar guiones con contenido, con reflexiones, para entregar, uno tras otro, todos los días a las cuatro de la tarde durante dos o tres años? Es la prisa, el afán de producir y no la falta de creatividad, lo que nos deja a nosotros con 'Padres e Hijos' y a ellos con 'Boardwalk Empire', lo que permite que allá el arte todavía tenga un propósito social y aquí nos presente como caricaturas, como puro entretenimiento. Porque las empresas que se dedican a esto, con seriedad, con estructura, nos traen doce capítulos al año, que se pulen hasta el minuto antes de salir al aire. Las buenas historias, pues, no es que tengan que provenir de Estados Unidos, pero de allá salen, porque allá están las condiciones para hacerlas. Y hay una en especial, por encima de la aclamada 'Breaking Bad' o de la minuciosa 'Mad Men', de la favorita del presidente Obama, 'Homeland', y de la fantástica 'Game of Thrones'; una serie que nos pinta un universo tan rico, tan interesante, tan lleno de sorpresas en cada recoveco que me atrevo a señalar está por encima de casi toda la literatura narrativa que ha visto la luz en este siglo. Porque, digámoslo de paso, la crítica intolerante a la televisión suele coincidir con la defensa ciega a la literatura. El mensaje, repito, no depende del medio, no es verdad que un libro siempre será mejor que una película. No todo lo escrito es interesante ni todo lo representado vacuo. Al contrario, de libros malísimos pueden salir filmes excelentes y, de libros excelentes, filmes pésimos. Hay una serie, digo, que por su trama intrincada, por la relevancia de su denuncia y por la variedad y complejidad de sus personajes merece elogios por encima de las demás. Pero se me va acabando el espacio de esta entrada, así que prometo dedicarle la próxima

domingo, 3 de noviembre de 2013

En defensa de las malas músicas

Por: David Quiceno

Todas las sombras, En defensa de las malas músicas

Siguiendo con esto de cazar imposturas que se nos presentan como ciertas, hace un par de meses circuló por las redes sociales, con mucho éxito, el titular de que 'los amantes del reggaeton son 20% menos inteligentes' que los de la música clásica o el rock. La historia, si alguien la leyó, no contenía mayores datos. Se cuenta que el estudio lo elaboró la Universidad de Bamako, en Malí, y se daba a entender que a cinco mil personas se les realizó un test de IQ para luego preguntarles qué tipo de música escuchaban. He intentado, sin suerte, encontrar cualquier rastro del documento original, emanado de la universidad.
Aquí cabe preguntar, ¿dónde quedó la labor de revisar la lógica de la noticia antes de publicarla? Porque si bien esto fue difundido de perfil en perfil, de twit en twit, proviene directo de cadenas que se suponen serias (y con recursos para corroborar fuentes), como RCN Radio o el Diario Vasco. Al igual que en el caso de Corley, del que hablé días atrás, esto falla hasta por la más simple de las formas. En primer lugar, el emisor. ¿A quién se le ocurre que un estudio sobre el reggaeton se lleve a cabo en las comunidades de Malí, cuando cualquiera con cuatro dedos de frente sabe que se trata de un ritmo centro y latinoamericano? Cierto es que, desde sus nichos en Panamá y Puertorrico, se ha propagado con estruendo hacia el sur, alcanzando gran popularidad en el cono entre Colombia y Argentina. Tampoco se desconoce que de tanto en tanto suena en Norteamérica y Europa, como se puede corroborar revisando el itinerario de algún exponente promedio. Pero su presencia en la periferia africana es más bien marginal, si no nula. Aún así, RCN nos vende la ilusión de que la Universidad de Bamako se las arregló para entrevistar a nada menos que cinco mil fanáticos del género. Ese tamaño de muestra es otro punto flojo de la noticia. Suponiendo que los hubiera, ¿se atrevería a destinar en eso sus recursos una universidad que aún no cumple 20 años de funcionamiento? Porque cinco mil entrevistas, con sus correspondientes pruebas de coeficiente, no es poca cosa. Cualquiera que conozca la mecánica de la academia sabe que se trata de una tarea de varios años, de un grupo de investigación numeroso. Esto es aún menos creíble en un país que, leo, enfrenta una guerra civil entre el ejército y el integrismo islámico, con intervenciones esporádicas de la Unión Europea que busca desmantelar la amenaza terrorista. ¿Nada mejor en qué gastar los recursos de la universidad pública africana? La falsedad de la noticia salta a la vista, y deja en evidencia que nuestros medios de comunicación no están siendo serios, que asumen cualquier dato si se les dice que proviene de un estudio, que tiene renombre. Sin duda, algo de culpa también le corresponde a los miles de usuarios que la compartieron, esgrimiéndola como prueba imbatible.
Pero todo esto son nimiedades de la forma, y no pienso detenerme en ellas. Más interesante sería si el estudio fuera cierto, si se hubiera llevado a cabo. Porque la conclusión a la que llega es otro de esos saltos alegrones que sólo se pueden presentar tras el escudo de un número, de una estadística. La idea no es tanto que uno sea más o menos inteligente, sino que existen jerarquías musicales, que hay músicas peores y mejores, mayores y menores, y que dependiendo de qué tanto tiempo le dediques a las buenas te culturizas y aprendes. En esa curiosa escala me imagino que prima la música clásica, y la ópera si se le tiene en cuenta; tras ellas el jazz y cerca el rock. Después, la gleba; primero el folclor: los bambucos, las sevillanas, los corridos, el country; y por último lo que en términos musicales ralla con el insulto, lo comercial: la música electrónica, el pop y el reggaeton. Pues bien, ese, como las pruebas imaginarias de Bamako o los corolarios falaces de Corley, es un enunciado que no se sostiene.
La música no es un instrumento civilizador, pese a ser un producto de la civilización. Es, por el contrario, un canal desinhibidor, que busca desatar pasiones y sentimientos, sonrisas cuando no llantos. Al escuchar música no se piensa, ¡oh, cómo me están educando!, sino, ¡oh, cómo me están conmoviendo! El hecho de que en la actualidad a la mayoría no nos impresione lo clásico nos ha llevado a la equívoca premisa de que quien lo escucha, impávido, no está relajándose sino aprendiendo, no entusiasmado con la armonía sino concentrado en un complejo análisis. De allí salen absurdos de toda laya, desde la misma jerarquía hasta el efecto Mozart empleado para predisponer a los bebés, como en la hipnopedia de Huxley. De ver a los seguidores de Tchaikovsky con terno y corbatín hemos saltado a la falaz conclusión de que es Tchaikovsky quien así los viste, que las melodías que disfrutan son las que definen su nivel intelectual y, por defecto, su rango y valor social. Si detallo lo que ha causado me podría quedar un libro lanzando hipótesis, la frecuencia con que los esnobs aluden al clasicismo o la manía de las nuevas generaciones por convertirse en caricaturas de los cantantes que idolatran. De lejos la consecuencia más preocupante es la justificación pseudo-intelectual que se le está dando a la intolerancia. No sólo contra el reggaeton, sino contra otros grupos igual de numerosos: los punk, los emo, los salseros. Suficiente de esta tontería, la música es una manifestación cultural, pero no culturiza: desinhibe, libera. Está hecha para compartir, para transmitir, no para debatir. Para reflexionar tenemos las novelas de Faulkner y los cuadros de Caravaggio. Ninguna canción es un tratado filosófico. En todos los géneros hay exponentes que pueden resultar, según la perspectiva, agradables o grotescos. Si no, vaya y revise las composiciones clásicas de SchönbergLa música se juzga canción por canción, cuando mucho autor por autor, no género por género, como si cada oyente perteneciese a una tribu y de acabar con las demás dependiese la supervivencia de la propia. ¿Existen en verdad argumentos para repudiar al reggaeton, al trash metal o a Schönberg? Porque lo que yo veo es un estudio falso, y detrás de su consigna un sinfín de prejuicios. Lo que me resulta problemático es que la intolerancia suele provenir de gente despierta, curiosa, de izquierdistas que claman justicia, de liberalistas que piden tolerancia, de jóvenes que se declaran contra el sistema y dispuestos a liderarnos hacia un futuro brillante y renovado.
            Por último. Un argumento que ronda este debate dice que la cultura es un asunto de élites, que siempre lo ha sido, que las mejores manifestaciones de la pintura, la escultura y las letras se las ha entregado al mundo la realeza. Eso no es falso, pero tampoco es del todo cierto. Para apreciar algunas manifestaciones (el ballet, la ópera, los ladrillos de Nietzche) se necesita una sensibilidad que se desarrolla a través de la exposición continua que sólo se pueden permitir pequeños grupos sociales. Pero existe cultura democrática, manifestaciones universales, la mayor parte de la música entra en esta denominación. La televisión y el cine son dos medios imponentes que permiten una difusión equitativa de la cultura, y como algunos géneros musicales reciben una oposición insensata, intolerante. En entradas posteriores me estaré ocupando del tema

domingo, 27 de octubre de 2013

Haciéndose rico en un mundo idiotizado

Por: David Quiceno

Todas las sombras, Haciéndose rico en un mundo idiota

De gurús está lleno el mundo. Los hay desde los exitosos, en las registradoras de los supermercados, financiados por Planeta y con el rótulo de Best-Seller; hasta los patéticos, que abren una consultoría de coaching y cual hippie en los sesenta van de puerta en puerta impartiendo buena vibra, actitud positiva. Los tenemos inflados de reputación y dirigiendo doctorados, como Edgar Morín; y en la biblioteca de las tías, como Paulo Coelho. No se limitan a los cotilleos espirituales, como Deepak Chopra, o a las reflexiones de administración, como Robert Kiyosaki. Los hay en medicina y economía, en política y antropología, dando consejos para terminar una relación o para comenzar una empresa. Son tantos, y son cada vez más, por un fenómeno triste: el rol de la autoridad intelectual ha desaparecido, y en su reemplazo salta cada sapo al agua. En esto ha derivado la falta que le hace a nuestra época lo que fue Zolá para la Francia del Caso Dreyfus, lo que fue Borges para la Argentina de Perón o, para no ir más lejos, lo que fue Klim para la Colombia de Lopez Michelsen. No es que las personas dedicadas no existan, sino que se han vuelto invisibles, no tienen despliegue pues les falta la ropa y la sonrisa para que su activismo, si lo pretenden, tenga algún impacto. ¿Cuántos seguidores le quedarían a Slavoj Zizek si se le restan los de Shakira? ¿Cuántos de los lectores de Vargas Llosa sobrevivirían tras un enfrentamiento con los fanáticos de Bono? Por la pura simpatía de las caras nos estamos acostumbrando a la flacidez, a tragar entero, a que actores y reinas dirijan nuestro día a día. No vengo aquí a posar de eminencia, a desplegar el rigor científico del que carecen otros, sino a ejercer la única resistencia que como miembro de la grey puedo ejercer: la denuncia. Vengo a desnudar, en la medida de lo posible, un gurú que, como todos, pretende no serlo.
Cada uno tiene su método. Quienes buscan renombre en la academia apelan a la confusión retórica, intercalan expresiones sin sentido con palabrejas arcáicas para que el lector, embotado, asuma que quien escribe es un erudito. Los esotéricos que venden para amas de casa, como Chopra o Coelho, remiten a imágenes de lo que como paisanos desconocemos, la aritmética detrás de la astrología maya o la teoría de los quarks. De quien me ocuparé el día de hoy, Thomas Corley, escribe para emprendedores incautos y usa las herramientas de la política y la economía: datos, cifras, números, relaciones. Vine a conocerlo por un artículo que publicó la revista Dinero, que titula: '¿qué hábitos lo pueden volver millonario?'. (Ver segunda publicación). Desde aquello he encontrado que el tal Corley es un farsante estereotípico. No sólo se presenta como una autoridad en la materia, consultor de talla internacional que emplea su tiempo estudiando la rutina de los ricos, sino que como buen gurú se da pantalla, aparece en shows de televisión, publica libros y hasta tiene su propia fundación, dedicada a congraciarse y entrevistar personas adineradas (http://richhabits.net/). Pues bien, ¿qué ha salido de tanta dedicación, de tanto coctel, de tanta estadística? El estudio de cinco años que publica Dinero. Comienzo este espacio dándole una pasada a lo que para Corley traza la línea definitiva entre ser una persona rica (que gana más de US$160.000 al año) y una pobre.
Dice Corley (a través de Dinero): "1. El 70% de los ricos come menos de 300 calorías, mientras que el 97% de los que no lo son consumen más de 300 calorías en alimentos chatarra al día". ¿Qué saca uno de ahí? Porque a la interpretación ligera de que comer menos de 300 calorías es un factor determinante para la riqueza le hace falta un contraste; algo así como: ¿qué porcentaje de las personas que consumen menos de 300 calorías son ricas? ¿El 0.001%? ¿El 0.0001%? Y creo que estoy exagerando, toda vez que las personas ricas del mundo, sumadas, representan menos del 0.7% de la población (CreditSuisse). Me diría Corley: ah, pero es que no siguen los demás hábitos. Por ejemplo: ven mucha televisión. (“12. El 67% de los ricos ve una hora de televisión o menos todos los días frente al 23% de los pobres”). Le pregunto: ¿qué hay de todos los indigentes que no llegan a las 300 calorías diarias y no tienen televisión? Y aquí el colmo de la tontería: ah, pero es que no hacen aeróbicos. (“3. El 76% de los ricos hace ejercicios u aeróbicos 4 días a la semana”). ¿Se imagina alguien a Carlos Slim o a Warren Buffet en mallas? La lista sigue, se recomienda llegar puntual, no ver realities, no decir lo que piensa. Leer dos libros al mes, treinta minutos al día, y entre trayectos escuchar audiolibros. Los ricos, como los pinta Corley, parecen una casta de individuos en extremo sensibles, atentos a todo tipo de literatura. Pero lo he dicho al principio: esto es una sarta de mentiras y estadísticas aleatorias. Por todo, incluso por el tamaño de la muestra, que no es para nada representativa. Dice Dinero que para el estudio, de cinco años, se entrevistaron 350 personas adineradas. Según CreditSuisse los ricos del mundo ascienden a 32 millones de personas. La muestra es, entonces, la nadería del 0.001093%. Pero así fuera representativa, así hubiese entrevistado a todos los ricos del planeta los enunciados que presenta Corley se aplican a cualquier introvertido que come poco y va al gimnasio, que tiene una lista de metas y lee a diario. Que no sabe cómo va Protagonistas de novela y que de vez en cuando hace voluntariado. En cada uno de los puntos de este artículo se aplica un silogismo defectuoso, se asume que porque las vacas son herbívoras todos los herbívoros son vacas. ¿El argumento que tiene Dinero para creerle a Corley es que su estudio se tardó cinco años? ¿Le creen porque es norteamericano y usa corbata? ¿Porque va a talkshows o porque dice ser contador público con maestría en impuestos? Seriedad, por favor. Aquí en Colombia, con menos presupuesto y sin difusión, se sacan mejores datos. Me recuerda en esto, Dinero y los discípulos de este estudio, al caballo de Rebelión en la granja, de Orwell, aquel que siempre que las cosas iban mal asumía que el problema estaba en sí mismo, que lo que había era que trabajar más duro, levantarse más temprano. No se le ocurrió nunca al pobre Boxer que el juego estaba arreglado, que las condiciones, desde el principio, eran injustas. Imagínese que le dijeran que el 80% de los ricos conduce un Bentley, un Ferrari o cualquier otro auto de más de 100 mil dólares, ¿sale de ahí que la clave para ser rico es manejar el carro? ¿No será que el carro se puede manejar precisamente porque se es rico? El estudio de RichHabits falla hasta en la lógica. Dice que los ricos leen 30 minutos al día y con eso terminan 2 libros al mes, ¿se van de letra en letra o sólo leen Tolstoi? ¿No será que por aparecer inteligentes, por justificar su exceso de posesiones están mintiendo y los datos, además de malinterpretados, son poco creíbles porque los ricos no leen sino estudios baratos?