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miércoles, 3 de agosto de 2016

El perdón, ingrediente indispensable para la paz: El caso de Ricky Jackson





Por Francisc Lozano*










Ricky Jackson. Tomado de: www.Cleveland.com
Ricky Jackson. Fuente: www.cleveland.com




Uno de los principios básicos de la física establece que “toda acción genera una reacción igual y opuesta”. Sin embargo, la veracidad de esa regla parece inaplicable a la historia que quiero compartirles hoy o tal vez la confirma completamente y hasta la excede. La sonrisa que pueden apreciar en la imagen anterior es una reacción a la liberación después de un encierro injusto de 39 años de duración.


Ricky Jackson nació en Cleveland, Ohio, en 1957.  A la edad de 19 años, Ricky fue arrestado por la policía de la ciudad de su ciudad por el brutal asesinato de Harold Franks y un tendero en un barrio de la ciudad. Franks fue rociado con ácido en su rostro y, posteriormente, recibió múltiples impactos de bala esa noche de 1957. El móvil del asesinato fue un robo. Tras el asesinato, los dos perpetradores huyeron del lugar en vehículo de color verde. A los pocos minutos del hecho, falleció también el tendero y la escena del crimen se colmó de vecinos que querían socorrer a las personas o simplemente curiosear.


Una de las decenas de personas que visitaron la escena fue Eddie Vernon. Un chico del vecindario que para ese entonces tenía 12 años de edad. Eddie, quien tenía una muy buena relación con el tendero y sufrió mucho con su fenecimiento, quiso ayudar a encontrar a los asesinos y se puso en contacto con la policía para poder hallarlos. En principio, Eddie se resistía a entregar detalles claros sobre los atacantes y sólo contribuía con datos vagos y en algunos casos equivocados. Sin embargo, un poco después, durante su declaración, Eddie insistió en haber visto lo ocurrido. La policía confió en su palabra asumiendo que los errores en su declaración correspondían a su interés por hallar a los responsables y su incapacidad para expresar lo ocurrido de manera completamente coherente, y tras la descripción entregada por el niño, los agentes establecieron los perfiles de dos personas que según ellos correspondían a las personas de Ricky Jackson y Wiley Bridgeman. 


Una vez capturados estos dos hombres y Ronnie, un hermano de Ronnie por ser cómplice de los dos primeros, la policía siguió recolectando las pruebas necesarias para llevarles a juicio. Durante este tiempo, varios testigos dijeron que Eddie no podía haber presenciado el asesinato porque él se encontraba en un bus escolar a gran distancia del lugar y que los hombres arrestados no eran los culpables del crimen, a pesar de ello, la policía desestimó sus versiones de los hechos.  Para colmo, decidieron tomar a Eddie como testigo principal en el juicio.




Además de lo anterior, la madre de Eddie descubrió que su hijo mentía y le convenció de decir la verdad durante el proceso de reconocimiento de los perpetradores. Cuando Eddie fue a reconocer a los atacantes, dijo a la policía que ninguna de las tres personas había hecho parte del delito. No obstante, los agentes de policía se llevaron a Eddie a otro cuarto, le gritaron, le intimidaron y le dijeron que sus padres podrían ir a prisión si él se retractaba. Unos minutos después, Eddie identificó positivamente a los tres acusados. Durante las entrevistas subsecuentes, Eddie entregó detalles sobre el crimen a los cuales llegó mediante las preguntas parcializadas y enfocadas a que sólo tuviera que afirmar o desmentir lo que la policía preguntaba.  Los tres hombres fueron condenados a la pena de muerte, y esas penas fueron conmutadas por cadena perpetua para los tres a finales de los años 70. Wiley y Ronnie salieron de la prisión gracias un perdón de la corte en el 2002 y 2003.  Ricky, por el contrario, fue mantenido prisionero hasta el 21 de septiembre del 2014.  Ese día, tras treinta y nueve años de encierro, los fiscales acusadores determinaron que el caso en contra de Ricky debía ser archivado porque él era inocente de los cargos por los que había sido condenado. Esta sentencia se logró gracias a una iniciativa de the Ohio Innocence Project & Rosenthal Institute for Justice at the University of Cincinnati College of Law  y a la cooperación de Eddie Vernon, quien decidió romper el silencio y enmendar el horripilante error que había cometido en 1975.


Al escuchar al juez Richard McMonagle decir las siguientes palabras: “señor Jackson, usted es libre de irse. Le sugiero ­[sic] que la vida se construye con pequeñas victorias, y esta es una muy grande. Sepa quiénes son sus amigos porque todos van a querer algo de usted, espero que confíe en las personas en las que usted sabe que puede confiar. Entonces le deseo buena suerte”, Ricky sólo atinó a decir, “gracias, su señoría”. Acto seguido, se levantó, miró al techo de la sala como en acción de gracias y abrazó a sus dos abogados. Su rostro emanaba alegría por la recuperación de un derecho que le habían arrebatado injustamente: la libertad.




Al salir del juzgado, Ricky fue interrogado por decenas de periodistas acerca de su tiempo en prisión; lo que haría tras su liberación los alimentos que quería degustar; etc. Sin embargo, la pregunta que más llamó mi atención fue: “¿Cuáles son tus pensamientos sobre las personas que te trajeron aquí hace 39 años, las personas que dijeron que tú habías cometido el crimen cuando no fue así?”.  Con la sonrisa intacta en su cara, Ricky respondió: “Bueno, yo supongo que muchas personas quisieran que yo odiara a esa persona y que sintiera animadversión hacia él, pero no lo hago. La gente tiene que recordar que, aunque se ve como un hombre maduro hoy, en 1975 él era un chico de 12 años de edad y que fue manipulado por la policía. Que ellos le usaron para llevarnos a la cárcel. Así que respecto a ese joven hombre, en lo que a mí respecta, le deseo lo mejor. No le odio, sólo espero que tenga una buena vida. Se requiere mucho valor para hacer lo que él hizo en la corte. Ustedes no lo vieron, pero ellos intentaron hacerle arrepentir de decir la verdad, intentaron hacerle desfallecer, pero al final él se mantuvo su palabra y reafirmó que éramos inocentes (…)”.  




Ricky Jackson. Tomada de: www.csmonitor.com  
Ricky Jackson. Fuente: www.csmonitor.com


Ricky Jackson nos ha dado una gran lección. En vez de odiar para siempre, él decidió perdonar. En vez de acusar a su acusador, él decidió desearle una vida feliz y agradecerle por contribuir a su liberación. Es más grande el que perdona que el que hace justicia. Ricky se atrevió a desafiar a Newton y en vez de odiar y maldecir, perdonó y sonrió a sus verdugos. O tal vez Ricky no sólo no desafió a Newton, sino que comprobó su ley. Tal vez ante la acción de odio y discriminación, que recibió de sus captores y de los testigos en su contra, desembocó en una reacción de perdón y alegría hacia sus verdugos.


Es ese mensaje precisamente el que debemos escuchar los colombianos. El mensaje del perdón. Pero no un perdón para unos y para otros no. No un perdón para olvidar, sino un perdón para construir un país mejor. Este perdón no nos llevará a alcanzar la paz, pero construirá unas bases sólidas para que los colombianos podamos empezar a cambiar lo que tanto mal nos ha hecho: la iniquidad, injusticia, intolerancia el irrespeto. El perdón del que hablo es un perdón para todos, incluidos los que piensan que el conflicto sólo se puede resolver a su manera (asesinando a todo el que no está de acuerdo y reforzando ideas tan insensatas y carentes de razón y lógica como “le vamos a entregar el país a los terroristas.”; “Santos es un comunista.”; “Le vamos a pagar $1.800.000 a los guerrilleros.”; y “Colombia se va a convertir en la nueva Venezuela.”  Nuestro país se encuentra ante un reto sin precedentes en los últimos 60 años: un acuerdo con el grupo guerrillero más grande e importante de la historia de América del Sur. No estamos hablando de tres delincuentes, estamos hablando de la fuerza militar más importante del conflicto colombiano después del Ejército.  Insisto en que esto no es la paz. Sólo es la sustracción de uno de los grandes actores del mismo, pero contribuirá de manera trascendental a la creación de un mejor país.


Si mil veces estuviera en esta situación, mil veces votaría sí a los acuerdos. No a Santos, él es un presidente inepto al igual que sus antecesores; sí a los acuerdos, no a las Farc; SÍ AL PLEBISCITO, no a Uribe, Zuluaga, Ordóñez, Paloma, José Obdulio y su séquito desinformador.  




Los acuerdos no son perfectos, pero son lo mejor que hemos tenido en la historia del país. Por el bien que puede generar la solución pacífica, yo estoy dispuesto a perdonar al expresidente que permitió el asesinato de 3.000 personas inocentes para mostrar la efectividad de su “seguridad democrática” y después declaró que esas personas “no estarían cogiendo café”. Por el bien supremo de la paz, Colombia debe escuchar a Ricky Jackson. Esa es la lección que el colombiano debe aprender.


Cuando en unos años hablemos de esta época, yo quiero poder decir que estuve del lado correcto de la historia. No por demostrar que los otros estaban mal, sino por demostrarme a mí mismo que el amor es más fuerte que el odio, que el perdón es más poderoso que el rencor y que la paz no tiene comparación. ¿De qué lado va a estar usted? Las cosas nuevas siempre generan miedo. En este caso tener un conflicto disminuido o inexistente. ¡Démosle la oportunidad a la paz!





¿Tiene algo que decir? ¿Una sugerencia para dar? Por favor comparta sus  opiniones con nosotros en la sección de comentarios. Le pedimos amablemente que use un lenguaje apropiado para este tipo de discusiones.

*Francisc Lozano 
(1988): Nació en Cali, Colombia.  Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la Organización Grameen Caldas; fue Director de la Fundación Funeducol; y Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change. Es escritor por gusto y convicción. Puede contactarle en su Twitter: @Franzlozano



sábado, 7 de junio de 2014

La ley del mal menor

Por: Francisc Lozano*



Desplazados. Imagen tomada de wikimedia.org


Álvaro Uribe dirigió los destinos de Colombia durante un período de ocho años. En la historia reciente de la nación, ese es un hito sin parangón. Para alcanzar ese gran 'éxito', el entonces presidente, requirió de un 'cambiecito' en la Constitución Política de Colombia: se aprobó la reelección  presidencial. 


Tal vez muchos lo han olvidado, pero ese cambio a la Constitución tenía que contar con el apoyo de algunos congresistas. Mucho se habló al respecto, pero me siento obligado a contar que para que los congresistas apoyaran la modificación a la ley, los hijos de Uribe y Pretelt de la Vega compraron a algunos congresistas con la entrega de varias notarías. Por este hecho sólo terminaron presos Yidis Medina y Teodolindo Avendaño -quienes vendieron el voto-, pero no los que compraron el voto -igualmente culpables-. Mas así es Colombia: los tramposos terminan siendo alabados como se hace con los grandes héroes de Homero, por eso pido que no se exalten los ánimos al leer estas líneas. 


Un hecho más que es muy importante recordar es que Uribe es una persona que padece el síndrome de hybris o lo que es lo mismo, es un adicto al poder. Después de controlar al país por dos períodos, ha decidido que no fue suficiente, ahora ha alcanzado un escaño en Congreso de la República y, no contento con ello, decidió postular a un títere para que pose de presidente por los siguientes cuatro (u ocho) años y le permita darle el rumbo que él considere correcto al país.


Muchos se han atrevido a mencionar que el expresidente Uribe es ‘el mejor presidente de la historia del país’. Muy pocas de esas personas son capaces de demostrar, lógica y argumentativamente, esa afirmación. Sin duda el gobierno Uribe tuvo aciertos en algunos temas de relevancia nacional, pero sus avances quedan rápidamente sepultados al ser confrontados con sus desaciertos. 


Evidentemente el mayor logro que se le abona al antioqueño es el de la seguridad en el país. Objetivamente se puede decir que ha sido muy importante la participación de las fuerzas militares y policiacas para  tener un Estado que se siente más seguro. Sin embargo, la administración de Uribe tiene más hechos por los cuales sentirse avergonzada, que los que podrían llenarle de orgullo. Los niveles de corrupción aumentaron de forma exponencial: Andrés Arias y Agroingreso Seguro, las interceptaciones ilegales del DAS, la compra de los terrenos que después se convertirían en zona franca por parte de los hermanos Uribe (ver vídeos en el vínculo anterior. En este hecho también participó Zuluaga como ministro de hacienda) y la correspondiente riqueza que obtuvieron de su venta, Mario Uribe y su vinculación con los paramilitares, la ‘parapolítica’ que enlodó a decenas de congresistas que apoyaron a Uribe, Luis Carlos Restrepo y su plan para engañar al país con falsas desmovilizaciones, la compra de votos a Yidis Medina y Avendaño, los nexos entre los directores de seguridad de Uribe y el narcotráfico, y el más cruel de todos los crímenes que se puedan cometer: las ejecuciones extrajudiciales, mal llamadas ‘falsos positivos’. La barbaridad de este crimen radica en el hecho de que las fuerzas legalmente establecidas para proteger a la población dediquen sus conocimientos,  talentos y el presupuesto de la nación para asesinar vilmente a la población que juraron proteger.


Respecto a estas ejecuciones extralegales, la Revista Semana establece que “estas ejecuciones extrajudiciales, llamadas ‘falsos positivos’, no eran nuevas en el país pero sí aumentaron de manera drástica: 154% entre el 2002 y el 2010, según el estudio ‘La política de seguridad democrática y las ejecuciones extrajudiciales’.” Esas cifras son sencillamente escalofriantes, y su sentido se agrava si el lector se entera de que la mayoría de esas personas no tenía una conexión directa con el conflicto más allá de ser víctima del mismo. Cabe recordar que gran parte de la responsabilidad de este horrendo episodio de nuestra historia le corresponde a Uribe (el gestor de la “seguridad democrática”) y al actual presidente de Colombia, pero no sólo a ellos, también a los generales, coroneles, capitanes, cabos y demás soldados colombianos, y por qué no a usted y a mí, que no tenemos memoria ni carácter y que somos masoquistas y perdonamos a los asesinos sin asomo de consciencia. Por estos horripilantes crímenes hay mucha gente en la cárcel, pero jamás, oígase bien, jamás veremos a Uribe, Santos, Marta Lucía Ramírez o Gabriel Silva respondiendo por estos inexplicables hechos ante la justicia y la nación.


Ahora bien, el gobierno Santos no ha sido totalmente diferente al de Uribe: las políticas económicas siguen siendo las mismas; la gente se sigue muriendo en las puertas de los hospitales; los campesinos (aquellos encargados de producir nuestro alimento) son cada día más pobres, y paradójicamente no tienen qué comer; los salarios de las personas son paupérrimos; la calidad de la educación no cambia y cada vez manifiesta una mayor tendencia hacia la privatización. Hay muchas cosas más para mencionar al respecto, pero el análisis tomaría demasiado tiempo, y tiempo es lo único que no hay. La segunda parte de las elecciones está a la vuelta de la esquina.


De Santos se pueden decir demasiadas cosas. En efecto ha sido un mal presidente, pero, contrario a Uribe, sí ha sido diplomático y normalmente ha invitado a sus contradictores al diálogo. Durante sus cuatro años de administración ha logrado que tengamos buenas relaciones con nuestros vecinos (este hecho es indispensable porque las economías del mundo están interconectadas, y si no tenemos a quién venderle y a quién comprarle, entraremos en un estancamiento económico de grandes proporciones), el empleo ha crecido y la pobreza ha disminuido (al menos eso es lo que dice el Dane), se sancionó, y se ha empezado a ejecutar, la Ley de Restitución de Tierras: un paso gigantesco hacia la justicia para los desplazados por la violencia, se han construido muchas casas para las personas más pobres, e incluso el recaudo fiscal (el de los impuestos) ha sido mucho mayor al del gobierno anterior. Además se ha iniciado un proceso de diálogo con las Farc en Cuba (que no se confunda este hecho con la paz. La paz sólo se puede alcanzar con justicia social), el cual puede ser un muy buen insumo para lograr un país mejor.


Lo único que no se puede decir de Santos es que sea un comunista o un ‘castro-chavista’. Ambas aseveraciones carecen de lógica y sólo pueden provenir de un cerebro falto de lectura y capacidad crítica. Sopesemos la siguiente idea: el comunismo es la doctrina que propugna una organización social en que los bienes son propiedad común. Imaginémonos ahora ¡a qué rico le interesaría desaparecer su propiedad privada y entregársela a todos los demás para que la disfruten! Pero vamos más allá. Juan Manuel Santos pertenece a una de las familias con mayor poder económico y político de Colombia. No olvidemos que su familia fue la propietaria del grupo editorial El Tiempo (uno de los conjuntos de medios de comunicación más grandes de Colombia). ¿Cree usted, estimado lector, que Santos quiere compartir su gran fortuna con todos nosotros? Yo no lo creo, creo que Santos es un capitalista igual a Uribe, Zuluaga o cualquier otro de los ministros de hacienda que ha tenido el país. Lo que sí ha diferenciado a Santos de estas otras personas es que ha intentado, -de manera muy seria, concisa y hasta responsable-, ponerle fin a un conflicto entre colombianos que ya supera los cincuenta años de historia, y que si no se detiene, terminará por definir para siempre el futuro de este país. Ya no tenemos por qué vivir en el mundo de la guerra constante. Es el momento de acabar con esa arcaica idea.


Probablemente usted que lee mi columna puede pensar que soy santista. Tenga la plena seguridad de que soy uno de los mayores críticos de las decisiones perjudiciales que ha tomado el presidente. He lamentado profundamente la suscripción de los tratados de libre comercio, el abandono a la educación pública, la salud y la justicia, las horribles reformas que ha intentado convertir en realidad, el olvido de nuestros campesinos, la pérdida del territorio colombiano en San Andrés (aunque esta derrota le pertenece por partes iguales a Samper, Pastrana, Uribe y Santos) y todas las demás decisiones que han causado daño al país y a los colombianos. Pero si alguien me increpa sobre las dos posibilidades que hay para la presidencia, yo veo la opción de seguir avanzando a paso de tortuga o la de devolvernos a un pasado horrible en el que los militares asesinan a quien sea para cumplirle las ‘cuotas de sangre’ al presidente de turno. Yo veo la oportunidad de que de a poco cambiemos nuestra realidad o de que nos devolvamos al entorno de muerte, odio y retroceso social.


Así es, Santos ha sido un mal presidente, pero Uribe ha sido un criminal vestido de legalidad. Por eso, yo prefiero la ley del mal menor, prefiero a un Santos lento en ejecución, y no a un Zuluaga guiándonos por la senda de la destrucción. Yo prefiero el camino del diálogo. Yo creo en el perdón y la reconciliación.

@Franzlozano

*Francisc Lozano (1988): Nació en Cali. Es administrador de empresas de la Universidad Nacional y escritor por convicción. Puede contactarle en su cuenta de Twitter ubicada en el enlace anterior. 

jueves, 19 de diciembre de 2013

El valor moral de Mandela

Por: Desmond Tutu*


Nunca antes en la historia fue un ser humano tan universalmente reconocido durante su vida como la encarnación de la magnanimidad y la reconciliación como lo fue Nelson Mandela. Él puso a un lado la amargura de soportar 27 años en prisiones del Apartheid –y el peso de siglos de división colonial, subyugación y represión– para personificar el espíritu y la práctica de ubuntu (1). El entendió perfectamente que la gente depende de la gente para que los individuos y la sociedad prosperen. Ese era su sueño para Sudáfrica y la esperanza que representó para todo el mundo. Si era posible en Suráfrica, era posible en Irlanda, era posible en Bosnia y Ruanda, era posible en Colombia, era posible en Israel y Palestina. Por supuesto, en el espíritu de ubuntu, Madiba estaba pronto a señalar que él solo no podía tomar crédito por los muchos espaldarazos que recibió en su camino, ya que estaba rodeado por gente íntegra más brillante y joven que él. Eso es solo parcialmente cierto. La verdad es que los 27 años que Madiba pasó en las entrañas de la bestia del Apartheid profundizaron su compasión y su capacidad de empatía con los demás. Encima de las lecciones sobre liderazgo y cultura a las que fue expuesto durante su crecimiento como persona y mientras desarrollaba una voz sobre política anti-Apartheid para la gente joven, la prisión pareció agregar un entendimiento de la condición humana. Como el diamante más precioso tallado bajo la superficie de la tierra, el Madiba que emergió de prisión en enero de 1990 era virtualmente sin defectos. En vez de clamar por su libra de carne humana, proclamó el mensaje del perdón y la reconciliación, inspirando a otros con su ejemplo para extraordinarios actos de nobleza de espíritu. Él encarnó lo que proclamó -era la palabra viviente. Invitó a su anterior carcelero para que asistiera a su inauguración presidencial como invitado de importancia, e invitó a almorzar a la Presidencia al hombre que encabezó el caso del Estado en su contra en el juicio de Rivonia, donde se pidió la imposición de la pena de muerte. Visitó a la viuda del Sumo Sacerdote del Apartheid, Betsy Verwoerd, en el enclave de Orania, exclusivo para Afrikáners blancos. Tenía un toque único para espectaculares actos de grandeza humana de enorme simbolismo que la mayoría volvería asunto de oposición. ¿Quién olvidará el electrizante momento en la final de la Copa Mundial de Rugby en 1995 cuando salió de los camerinos del Ellis Park con el número 6 del capitán François Pienaar en el jersey Springbok que tenía puesto? Fue un gesto que hizo más por la edificación de la nación y la reconciliación que cualquier cantidad de sermones de predicadores o discursos de políticos. Aunque siempre fue un hombre de equipo, Madiba se sentía cómodo en su propia piel, confiado en su habilidad para distinguir lo correcto de lo incorrecto, tanto que mostró pocas de las inseguridades asociadas con muchos políticos. Era capaz de aceptar críticas e incluso estaba preparado para disculparse cuando sintió que debía pedir excusas. Tuvo el valor moral y ético, durante y después de su presidencia, para hacer y decir cosas que no siempre estuvieron de acuerdo con la política oficial de su querido ANC. Cuando la Comisión de Verdad y Reconciliación (TRC) publicó sus hallazgos, a muchos de los cuales se opuso fuertemente el ANC, Madiba tuvo la elegancia de aceptar públicamente el reporte. Otro ejemplo fue el establecimiento, a través de su fundación, del primer lugar rural de tratamiento del SIDA en Suráfrica, en un momento en que el gobierno respondía confuso y dudoso a la pandemia. Cuando uno de los comisionados de la TRC fue acusado en una audiencia de amnistía de estar involucrado en el caso ante la comisión, el Presidente Mandela autorizó una comisión judicial para investigar. Después, la secretaria del Presidente me llamó para conseguir los datos de contacto del comisionado. Yo caí en cuenta de que el Presidente quería tranquilizarlo, pero le dije a la secretaria que como jefe de la comisión yo debería conocer primero los resultados de la comisión judicial. A los pocos minutos el Presidente mismo estaba al teléfono diciendo: “sí, Mpilo, estás en lo cierto. Lo siento”. Los políticos encuentran muy difícil pedir disculpas. Sólo grandes personas se disculpan con facilidad, aquellas que no son inseguras. ¿Pueden ustedes imaginar lo que nos habría sucedido si Nelson Mandela hubiera emergido de prisión erizado de resentimiento ante el flagrante aborto de justicia ocurrido durante el juicio de Rivonia? ¿Pueden imaginar dónde estaría Suráfrica hoy si él hubiera estado consumido por la sed de venganza para devolver todas las humillaciones y toda la agonía que él y su gente sufrieron en manos de los opresores blancos? Por el contrario, el mundo estaba pasmado, más bien, sorprendido, por la inesperada transición pacífica de 1994, seguida no por una orgía de venganza y retribución sino por la maravilla del perdón y la reconciliación epitomizados en los procesos de la Comisión de Verdad y Reconciliación. No fue una sorpresa que su nombre se elevara por encima de cualquier otro cuando la BBC hizo una encuesta para determinar quién debería guiar los asuntos de nuestra Aldea Global cargada de conflictos. Un coloso de intachable carácter moral e integridad, la más admirada y reverenciada figura pública del mundo. El pueblo simpatizó con él porque sintió hasta la médula que realmente se preocupaba por ellos. Estaba consumido por la pasión de servir porque creía que el líder existe solo para el objetivo del liderazgo en sí, no para el auto-engrandecimiento o auto-promoción. La gente siente esto; no se les puede engañar, por ello es que los trabajadores de la planta de Mercedes Benz en Eastern Cape le regalaron un carro especial que fabricaron como muestra de aprecio. Por eso es que cuando fue a Inglaterra en su postrera visita de Estado, la policía tuvo que protegerlo de la multitud, que podría haberlo aplastado de puro amor. Usualmente las cabezas de Estado son protegidas en visitas oficiales para garantizar su seguridad contra aquellos que pudieran ser hostiles. Su pasión por servir lo llevó a continuar su larga marcha. Incluso después del retiro. Así hizo campaña vigorosa por aquellos afectados por HIV y SIDA, incluso cuando el gobierno que le sucedió pareció fallar al enfrentar la epidemia; y continuó levantando fondos para niños y otros proyectos, todos para otros y no para él mismo. ¿Tenía él debilidades? Por supuesto que las tenía. Su principal debilidad era su continua lealtad a su organización y a sus colegas. Retuvo en su gabinete ministros mediocres y hasta francamente incompetentes que debiera haber despedido. Su tolerancia con la mediocridad, puede argumentarse, sembró las semillas para los más altos niveles de mediocridad y corrupción que vendrían después. ¿Fue un santo? No si un santo es completamente sin falla. Yo creo que estaba santificado porque inspiró a otros poderosamente y reveló en su carácter, transparente, muchos de los atributos de la bondad de Dios: compasión, preocupación por los otros, deseo de paz, perdón y reconciliación. Agradezco a Dios por este notable regalo para Suráfrica y el mundo. Que descanse en Paz y se levante en la Gloria 

*Desmond Tutu: pacifista sudafricano, colaborador cercano de Nelson Mandela. Recibió el Premio Nobel de la paz en 1984 por su trabajo en la reconciliación africana. En la actualidad es arzobispo emérito de Ciudad del Cabo

1. Nota del traductor: dice Desmond Tutu en su comentario fúnebre sobre Mandela, que éste personificó el espíritu y la práctica de ubuntu. ¿Qué es ubuntu? Según la Wikipedia, se trata de una regla ética sudafricana centrada en la lealtad de las personas en sociedad. Se considera un concepto tradicional que viene de la lengua Zulú y que se ha cristalizado en dichos como “umuntu, nigumuntu, nagamuntu” que significa “una persona es una persona a causa de los demás”. Ubuntu es un concepto filosófico usado por la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, que dirigió Desmond Tutu durante la transición a la democracia. Según Tutu “una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazado cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está seguro de sí mismo ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos”. El término se considera el pilar conceptual de la nueva república sudafricana y se le relaciona con la idea de un renacimiento africano. 

Versión en inglés: The Washington Post 
Traducción al español: Fernando Libreros 

martes, 17 de diciembre de 2013

Confusiones ideológicas

Por: Fernando Libreros

Ideologías Colombia, Todas las sombras
 
José Obdulio Gaviria publica los comentarios de Laura Villa sobre la no muy precisa entrevista de María Jimena Duzán y hay dos cosas que me llaman la atención. La primera es la confusión que existe sobre lo que es izquierda, que José Obdulio exhibe cuando dice que “el proceso de paz consiste en una arremetida política del socialismo del siglo XXI, que es contrario al sistema de libre empresa”. En mi humilde opinión de hombre de izquierda nacido entre la revolución china y la cubana, ese socialismo, esa izquierda, es del siglo XX, cuando la pujanza de China y Rusia parecían la prueba de que el Capitalismo había fracasado. De hecho, con mayor precisión, es socialismo del siglo XIX cuando en el Manifiesto Comunista Marx postulaba (todavía sin pruebas en contra) que la abolición de la propiedad privada era condición sine qua non para lograr el paraíso en la tierra y axioma fundamental que identificaba a los verdaderos comunistas, que aparecieron después de una larga evolución social. Estamos en el siglo XXI y sabemos que Inglaterra, en contra de la profecía marxiana, no se volvió un país socialista (decía Marx que sería el primero del grupo rojo por su desarrollo industrial), no desapareció la clase media a pesar de la reciente semi-proletarización en países pobremente gobernados, y China y Rusia van arrastrando sus estructuras hacia el capitalismo aunque sin adoptar lo que, dentro de nuestras imperfectas democracias, llamamos libertad. Creo que en el siglo XXI, quien se considere de izquierda, debe entender que el socialismo fracasó como sistema de imposición violenta y que los intereses del pueblo se pueden defender sin acabar hasta con el nido de la perra, cuyo cojín es justamente el régimen de propiedad privada. En este sentido he señalado la importancia de aclarar en La Habana a cuál siglo pertenece la ideología de los negociadores, pues un régimen de propiedad privada no puede, en principio, negociar con quienes lo quieren destruir de raíz. Estoy a favor del Proceso de Paz, pero debemos fijar posiciones pues, como dicen los mejicanos, lo que se ha de acabar mañana, mejor que se acabe de una vez.
La segunda cosa que me llama la atención es el descuido (especialmente del gobierno), al no precisar que las armas deben ser entregadas. Maquiavelo decía en uno de sus discursos que la historia y la política son siempre idénticas y los hombres las repiten al ignorar su uniformidad. Esto no nos libera de la necesaria exégesis para determinar hasta qué punto una historia repite otra y hasta dónde muestra elementos diferentes que deben ser tomados en cuenta o dejados de lado, dependiendo del punto escogido. La ciencia política, en su mayor nivel de abstracción, prescinde de los “ismos” y estudia las relaciones de poder entre diferentes grupos, clases o países en conflicto, para encontrar el común denominador que nos oriente hacia una solución que garantice un equilibrio lo más duradero posible.
Sobre la importancia del desarme en un proceso de paz hay muchos antecedentes, uno por cada conflicto que ha existido sobre la faz de la tierra, pero quisiera referir un caso que muestra claramente las consecuencias de dejar las armas sin entregarlas. Para entender su aplicación, hay que cambiar 'ejércitos' por 'frentes' y asumir que, en sentido estricto, quienes negocian no son vencedores ni vencidos, como lo prueba la evolución de los hechos. No entregar las armas implica una potencial reanudación del conflicto ante el menor desencuentro o incluso por el capricho de cualquier jefe que sienta que él no está hecho para la paz o que el gobierno cumple muy lentamente. En el libro ‘Líderes’ de Richard M. Nixon, al hablar de Zhou Enlai y Mao Tse Tung, se refiere al momento en que Chiang Kai Chek, gracias a sus ejércitos, fue proclamado jefe de la China unificada. Cuenta Nixon, un observador de primera fila, gestor de la separación entre China y Rusia: “la unificación (de China), sin embargo, era más verbal que real. Chiang dominó a sus rivales pero no les aplastó. Dejó que sus enemigos utilizaran esa antigua estrategia china que consiste en ceder ante una fuerza superior y salvar las apariencias aliándose al vencedor. Maquiavelo le hubiera dicho en tono admonitorio que al permitir que los jefes militares independientes conservaran sus puestos de dominio y el mando de sus ejércitos, jamás podría estar seguro de sus conquistas, porque hay ciertas lealtades que solo se basan en la dependencia”. Y agrega: “Chiang jamás logró obtener un control completo de toda China. Sus fuerzas tenían que dedicarse a preservar la unidad nacional. Si necesitaba enviar refuerzos a una parte del país, el jefe militar de otra parte le amenazaba con independizarse. En consecuencia Chiang se vio forzado repetidas veces a luchar contra diversos desafíos. No llegó a poder desmovilizar su ejército ni pudo dedicar la necesaria atención y los recursos imprescindibles a la modernización y reforma económica. Y lo que es peor, nunca pudo desplegar contra los comunistas toda la fuerza de su ejército. Su estrategia, por decirlo en pocas palabras, salvó las apariencias pero perdió China”.
Que no se pierda Colombia porque el gobierno y José Obdulio no distinguen entre la izquierda del siglo XIX y la del XXI; o porque la intelectualidad de éste país no comprenda que la ciencia política no tiene color predilecto. Sin importar si se negocia con paramilitares, guerrilleros, fundamentalistas religiosos o militares sublevados, hay que garantizar la entrega de la mayor cantidad de armas posible, como muestra de buena fe.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Mandela: reflexiones sobre la derecha, el diálogo y la paz

Por: Fernando Libreros

Todas las sombras, Mandela: reflexiones sobre la derecha, el diálogo y la paz

Todavía no ha sido enterrado Mandela y la derecha inglesa, por lo que se refiere a su línea dura, ha dejado claro que sigue apegada a la concepción Thatcheriana de que Mandela y el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) eran terroristas. Unos cuantos arrepentidos, por lo menos en apariencia, no son suficientes para cambiar la orientación partidista reaccionaria y dinosáurica de los Tories. Lord Tebbit dijo que Mandela “era el líder de un movimiento político que había comenzado a recurrir al terrorismo”, mientras que Terry Dickens lo comparó con terroristas de Al-Qaeda y no le pareció mala posibilidad que lo hubieran ejecutado. ¿Tiene algún fundamento este odio, aunque el mundo democrático no lo justifique, como lo demuestra el Premio Nobel de paz, y el de su colaborador Desmond Tutu, más la aceptación política del Congreso, más todas las muestras de cariño que vemos hoy por todos lados, despidiéndolo como un héroe?
En un buen artículo de Patricia Lee que publica el diario El País, llamado Las Dos Caras de Mandela, se dice que “el fallecido líder sudafricano, famoso por su resistencia no violenta, en un momento apoyó la resistencia armada como forma de lucha contra el Apartheid”. Según precisa Lee, “en sus comienzos Mandela fue el representante del ala más radical del Congreso Nacional Africano”. No obstante, Mandela será más recordado por la metamorfosis que describe el escritor sudafricano Zakes Mda, en palabras que cita Lee: “salió de la cárcel hablando de compasión e inclusión, me sorprendió su tono de tolerancia y reconciliación, habiéndolo conocido en los años 50, cuando era un revolucionario que respiraba fuego, muy alejado del benévolo hombre de Estado en que se convirtió”. Como en la obra de Shakespeare, está bien lo que bien termina y el que Mandela haya conseguido pacíficamente su objetivo de lograr la igualdad legal de negros y blancos (aunque la discriminación e injusticia continúen en niveles compatibles con los de las democracias promedio) de alguna manera ha justificado ante los ojos del mundo que en alguna ocasión haya pensado en recurrir a medios no pacíficos, lo cual fue la base legal para su ingreso a prisión. Pero eso es lo que no perdona la derecha de Inglaterra, para la que el muerto que hoy el mundo llora es un simple terrorista, con Premio Nobel de la Paz y todos los adornos que uno pueda pensar. La derecha inglesa, a juzgar por sus propias palabras, lo habría colgado con más gusto y con más razones que aquellas por las que colgaron a Sir Roger Casement, el héroe que denunció los genocidios de El Congo y de las caucherías de Arana en el Amazonas.
Ya que Desmond Tutu decía que el ejemplo de Mandela puede servir para Colombia, podría uno preguntarse hasta qué punto la derecha colombiana es más razonable con los opositores que la inglesa, que fue incapaz de perdonar a un hombre que Tutu describe, no como santo, pero sí como santificado por su capacidad de inspirar a otros en los más altos valores del espíritu. Por lo pronto sabemos que por tradición la derecha colombiana (el centro parece no existir, excepto por la cúpula de los intelectuales y uno que otro político) no acaba de perdonar a quienes como Petro y Navarro Wolf dejaron las armas y lograron conquistar escaños en el Congreso y puestos en la administración; sueña tras bambalinas con una marcha hacia atrás de la historia y con resucitar el genocidio de la Unión Patriótica, y lucubra con hacer listas negras en las que figurarían no solo los izquierdistas sino demócratas que de alguna manera –por valentía o terquedad- sean opositores invulnerables a las amenazas de la ultraderecha. Si Mandela y la izquierda colombiana, mutatis mutandi, comparten el pecado original de haber avalado la vía armada, ¿será que hubiera sido mejor jamás pensar en levantar una sola mano contra la santa burguesía y el sacrosanto Estado, a pesar de la injusta situación denunciada por Gaitán en los albores de la Violencia? De esa manera, quizá, la izquierda colombiana no sería tan odiada por la derecha y Mandela, por su lado, hubiera tenido el apoyo de la derecha inglesa, que consideró posible haber evitado ese inútil alboroto de “yo-viví-27-años-en-prisión” que se asocia a su lucha por la liberación del régimen del Apartheid. La respuesta la da la misma historia de Mandela y de Sudáfrica.
Hablar mucho y pedir derechos no sirve de gran cosa cuando los autocomplacientes dueños del mundo quieren ser sordos, pues se sienten muy seguros de su poder y su capacidad de compasión la aplican solo a sus mascotas. Sobre el Congreso Nacional Africano dice Lee: “fundado en 1918 por negros intelectuales y de clase media, peleaba por la igualdad racial, pero se limitaba a mandar cartas y peticiones respetuosas que no lograban ningún resultado”. Por el contrario, la segregación se incrementa en 1948, cuando llega al poder el Partido Nacional blanco y comienza a instrumentar el régimen de Apartheid. En reacción, aparece en 1951 la Rama Juvenil del CNA, presidida por Mandela, con un programa de resistencia pasiva inspirado en la Satyagraha de Mahatma Gandhi. Desde entonces, 1952, Mandela es catalogado como comunista, es llevado a juicio y se le impone sentencia (que fue suspendida). Para 1961 Mandela y sus seguidores fundan una organización armada llamada Umkhonto we Sizwe (La Espada de la Nación) por la que debe escapar del país. Las razones de semejante salto no dejan de tener resonancias anti-establecimiento que son comunes a la gran mayoría de los movimientos guerrilleros de América latina, por entonces bajo influencia de la Revolución Cubana: “cincuenta años de no violencia no han traído al pueblo africano nada más que mayor represión y menores derechos” decían Mandela y asociados. Y precisaban: “como la violencia en este país es inevitable, no sería realista que los dirigentes africanos continuaran predicando la paz y la no violencia cuando el gobierno responde a nuestras demandas pacíficas con la fuerza”. Todavía en 1985, dice Lee, cuando le ofrecieron a Mandela salir de prisión, éste insiste en que había apoyado la lucha armada “sólo cuando las demás formas de resistencia se cerraron”. Visto todo el proceso en perspectiva, un observador desprejuiciado no puede postular que en Sudáfrica y en Colombia, ahora y siempre, lo correcto es dejarse manipular indefinidamente por el Estado, sino que aquí y allá el Estado debe prestar atención a las demandas justas para que la gente no tenga que llegar a la lucha armada. Mejor prevenir que curar. Después de todo, como decía Ho Chi Minh, la violencia no es más que la razón exasperada.
En el caso colombiano, ya que el pecado de la violencia ha sido cometido (y no sin complicidad del Estado), lo mejor no es imaginar que nunca debió de haber sucedido y cultivar una sed inextinguible de venganza sino pensar de qué manera podemos evitar que se siga presentando hacia el futuro, creando un país más justo y con mayores opciones de participación política y de resolución de los problemas sociales que a todos atañen. De otra manera, tendría uno que pensar que si bien es cierto que la izquierda es parcialmente culpable de haber transitado tanto tiempo por el camino de la violencia, es propiamente la derecha la que hace imposible terminarla por poner demasiadas condiciones a una paz que ella misma quebrantó, más que con balas, convirtiendo al pueblo en un ejército de ignorantes, hambrientos y enfermos, muchos sin nada más que sus harapos para sobrevivir la noche, que parece nunca alcanzar el día. Y ahora le quiere echar la culpa al presidente que más ha hecho por cerrar la sangrienta brecha que separa a los que nada tienen de los que tienen casi todo. ¡Qué belleza de compatriotas!