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viernes, 12 de mayo de 2017

El país de los avispados

Por Francisc Lozano*

Atardecer en Bogotá, Colombia. Fotografía de Francisc Lozano.Todas Las Sombras, El País de los avispados. Fuente: http://todaslassombras.blogspot.com/2017/05/el-pais-de-los-avispados.html






Fotografía de Francisc Lozano


Ahora que el tema de la corrupción está de moda en el país y en la región, y que todo el mundo habla de él y de Odebrecht y Reficar, en particular, y que será el caballito de guerra de todos los políticos -tanto los que la quieren acabar, como los que viven de ella-, llegó el momento de decirnos unas verdades en la cara:

Los colombianos, como casi cualquier otro grupo de connacionales de cualquier región afectada grave e impunemente por la corrupción, tendemos a identificar a los corruptos como a una clase distinta de persona. Una raza que, aunque humana como nosotros, parece haber venido de otro país o, más interesante aún, de otro mundo y concentrar todos los defectos o accionares que se enfrentan a la moral y a la ética.  Y este hecho es visible en casi cualquier conversación sobre corrupción que surja entre un grupo de ciudadanos. En ese tipo de charla, generalmente se habla de los corruptos como “los otros”, “ellos”, esos seres que de manera esporádica terminaron gobernando la región o dirigiendo las organizaciones que terminan impactando en la región. Nunca los identificamos como producto de nuestras sociedades y, por más doloroso que sea, son personas que nacieron, crecieron y/o se educaron en las mismas ciudades y campos que nosotros.


Sí, “esos corruptos”, como comúnmente les llamamos, son “nuestros corruptos”. Es doloroso aceptarlo, lo sé, pero es una realidad y, como realidad que es, lo mejor que podemos hacer es empezar por reconocerla para poder cambiarla. Ahora pretendo explicar por qué considero que los corruptos son producto de la misma sociedad que nos engendró a nosotros, quienes nos consideramos no corruptos.


Lo primero que voy a decir a este respecto es que una sociedad que basa su moral y su ética de desarrollo en expresiones del tipo “sea avispado, no se deje”, “el vivo vive del bobo”, “no dé papaya” y “póngale malicia indígena”, entre otras, está condenada a generar corruptos por montón. Y sí, aunque nos duela admitirlo, hemos sido criados para tratar de “darle en la cabeza” a los otros. Nuestros padres y la sociedad nos aplauden cuando demostramos que somos “avispados”, cuando somos capaces de sacar más provecho de una transacción del que debería existir para cada una de las partes involucradas. Nos sentimos héroes cuando somos capaces de comprar un producto por el mismo precio que le costó al vendedor, y si lo compramos más barato, somos geniales.


Cuando uno le pregunta a alguien “¿por qué no paga el pasaje de Transmilenio?”, después de las excusas del alto costo de transporte (que es una realidad inocultable, sobre todo si se compara con el costo del metro en metrópolis como Ciudad de México donde un recorrido vale $7 MXN, algo así como $1.080 COP) o de la imposibilidad de pagar por sus bajos ingresos, una de las primeras respuestas que da es “porque los corruptos se lo roban”. Y eso es una realidad en muchos casos, sin duda, pero no puede ser la regla para todos los casos, y aunque lo fuera, no puede ser la excusa para no pagar porque, aunque no lo queramos reconocer, eso es corrupción.


Otro ejemplo de conductas similares se da cuando tenemos que hacer una cola, con el propósito que sea (en un banco, un hospital, un supermercado, etc.), y en lo primero que pensamos, algunos de nosotros, es en una manera de llegar más rápido al final de la cola. Y, de ser posible, nos valdremos de cualquier circunstancia para lograr nuestro objetivo, como acercarnos a un conocido que está más próximo al principio de la cola. Y no nos gusta admitirlo, pero es corrupción. Y los casos son innumerables, pero el significado no: nuestra sociedad es corrupta y engendra corrupción. Y no importa si son hechos pequeños de corrupción como pasarnos el semáforo en rojo, porque, aunque no lo sepamos, tal vez así hayan empezado Samuel e Iván Moreno, Emilio Tapia y los Nule o el presidente de Odebrecht, Duda Mendoca y los colaboradores de Uribe, Zuluaga y de Santos, o los Uribe (Tomás y Jerónimo) robando a la Dian. Así que si usted quiere acabar con la corrupción, es muy posible que tenga que empezar a revisar sus actos y cambiar muchos de ellos, y después elija, no a quien le regala un tamal o un bulto de cemento, a quien tiene una carrera política sin manchas y tiene planes para atacar la corrupción. Así es que vamos a reducir o eliminar la corrupción.


@Franzlozano


*Francisc León Lozano Rivera (1988): Nació en Santiago de Cali, Colombia. Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la organización Grameen Caldas; fue director de la Fundación Funeducol; laboró como Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change; y se desempeñó como Conferencista y Formador de Aprendizaje de Inglés en México. Es escritor por gusto y por convicción. Desarrolla artículos de opinión para Todas Las Sombras y Radio Macondo. Puede contactarle en su cuenta de Twitter: @Franzlozano


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viernes, 7 de abril de 2017

Ahogados en un mar de corrupción

Por Francisc Lozano*


Ahogados en un mar de corrupción, IPC, Colombia, Todas Las Sombras, Francisc Lozano, Fuente: http://transparenciacolombia.org.co/wp-content/uploads/2017/01/CPI2016_Americas_ES.jpg
Índice de Percepción de la Corrupción 2016. Fuente: transparenciacolombia.org.co

Cada gobierno tiene su gran desfalco; cada año viene con su descalabro para el bolsillo de los contribuyentes; cada mes se descubre un nuevo robo astronómico; y cada día, hora, minuto y segundo alguien se está robando algo.  Sin importar quién sea el criminal de turno, la víctima siempre es la misma: el pueblo colombiano.


Hace casi cuatro décadas, el entonces presidente de la República César Turbay expresaba lo siguiente: “hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”. Pero se equivocaba Turbay. La corrupción no se debe reducir, se debe extirpar, así como los médicos extirpan los tumores que de otra forma terminarían por acabar con la vida de sus portadores. No se puede simplemente reducir el tamaño del tumor porque, al final terminará volviendo a crecer e invadirá el organismo por completo. Así es la corrupción, y no puede ser tolerable, aunque la realidad es que todos la toleramos o la practicamos de una u otra forma. Pero eso será tema de otra columna.


Cerca de tres años atrás, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez calificaba al gobierno de Uribe Vélez como “el más corrupto de la historia reciente” en su columna El país que imaginamos y temimos. En ese momento, tal vez, Vásquez estaba dando en el blanco, pero con las últimas revelaciones de la fiscalía y los testigos en casos de corrupción, me temo que sólo sabremos cuál merece esa deplorable distinción cuando hayan pasado entre 4 y 6 años del gobierno de Santos y, lo que parece aún peor, creo que la competencia seguirá con los futuros gobernantes, con lo que sólo tendremos una disputa de nunca acabar por ser los laureados con tan peyorativa calificación.


A uno como colombiano ya le sorprenden muy pocas cosas, y, generalmente, esos hechos son los buenos: logros de Llinás en neurociencia, de los deportistas de la necesidad (el deporte es su única esperanza para poder comer porque sólo nos aprovechamos de su imagen para hablar bien de Colombia, pero nunca les ayudamos cuando no han logrado grandes hazañas), las selecciones colombianas de fútbol femenino y masculino, un grupo de personas que intentan proteger el medio ambiente o brindarle oportunidades a los menos favorecidos en las zonas marginales de Colombia, uno que otro político honesto que hace bien su trabajo, un grupo de médicos que no cobran por salvarle la vida a quienes lo necesitan y uno que otro caso más que se me escapa.  


Sin embargo, el día sábado 1 de abril me sorprendió por dos razones: Mocoa quedó destruida y cientos de vidas se perdieron y tal vez se seguirán perdiendo, y Uribe, Ordóñez y “Popeye” lideraron una marcha “contra la corrupción” y contra Santos. Si la marcha hubiese sido organizada por gente decente, uno podría haberse tomado el tiempo de participar porque la corrupción nos carcome y Santos es uno de esos presidentes que sólo podrá ser recordado por un par de cosas buenas y por muchas malas, así como su antecesor antioqueño. El problema es que quienes la organizaron hacen parte de la élite que más provecho le ha sacado a la corrupción.


Uribe tiene incontables casos de corrupción en su haber que han sido destapados: Ejecuciones extrajudiciales de colombianos por parte del ejército, Odebrecht, Agro Ingreso Seguro, el cartel de la contratación en Bogotá, Saludcoop, la Zona Franca de Occidente, la compra de votos para su reelección, las interceptaciones ilegales del DAS, sus exjefes de seguridad detenidos por narcotráfico, su hermano investigado por paramilitarismo, su primo condenado por paramilitarismo, y las lista sigue. Por el lado de Ordóñez uno puede destacar que fue él precisamente quien se encargó de comprar su reelección -inconstitucional- entregándole cargos a los familiares de los magistrados, corrupción dura y pura. Y si de Popeye hay que hablar, uno no puede olvidar que es uno de los mayores asesinos de la historia de este país, y que ejecutó muchos de esos asesinatos en contra de personas que luchaban contra la corrupción, por orden de Pablo Escobar. Así las cosas, Uribe, Ordóñez y Popeye tienen rabo de paja cuando de corrupción se habla, por lo que la marcha resulta, cuando menos, contradictoria. Pero como ya dije en otro momento, eso no habla mal de Uribe, Ordóñez y Popeye, eso habla mal de una sociedad inerme que endiosa a los corruptos y castiga a los honestos. La sociedad donde “el vivo vive del bobo” y de “no de papaya”.  Sí, la corrupción es culpa nuestra, nosotros somos los responsables porque aplaudimos al pillo y valoramos la “malicia indígena”. Eso nos hace corruptos a todos, a todos.


En cuanto a la destrucción en Mocoa, esa también la podemos interpretar como consecuencia de la corrupción que hizo que no se manejara adecuadamente el riesgo, y que los dineros no se hubieran invertido en las transformaciones que necesitaba la población para reducir los riesgos a los que está expuesta. Sólo hay que ver cómo Ecuador no ha sufrido los estragos que sí le han tocado a Perú y a Colombia por cuenta de las grandes precipitaciones que se han vivido en las últimas semanas, pero el tema tendrá que ser tratado en otra ocasión.


Si algo nos han enseñado las últimas dos administraciones del país, es que la reelección representa un verdadero peligro en una Nación sin control real y sin memoria histórica y política.  Porque una cosa es aguantarse un gobierno corrupto durante 4 años, pero hacerlo durante 8 o 16, como está pasando con Santos que ha continuado por los mismos caminos de Uribe, eso sí es devastador, y Reficar, Saludcoop, Odebrecht, los robos de Tomás y Jerónimo Uribe a la Dian y de Samuel e Iván Moreno y su grupo de compinches a la Nación, y los otros cientos o miles de desfalcos son una prueba de ello.


@Franzlozano


*Francisc León Lozano Rivera (1988): Nació en Santiago de Cali, Colombia. Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la organización Grameen Caldas; fue director de la Fundación Funeducol; laboró como Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change; y se desempeñó como Conferencista y Formador de Aprendizaje de Inglés en México. Es escritor por gusto y por convicción. Desarrolla artículos de opinión para Todas Las Sombras y Radio Macondo. Puede contactarle en su cuenta de Twitter: @Franzlozano


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martes, 3 de enero de 2017

Una reforma contra los colombianos

Por Francisc Lozano*

Una Reforma contra los colombianos, Bandera de Colombia, Francisc Lozano, Todas Las Sombras. Fuente: http://todaslassombras.blogspot.com/2017/01/una-reforma-contra-los-colombianos.html
Bandera de Colombia por Francisc Lozano

Juan Manuel Santos es un presidente impopular, y eso se lo tiene bien merecido. En estos 6 años de administración, sólo tiene logros para mostrar en tres o cuatro frentes: disminución de la violencia, vivienda de interés social, infraestructura, y protección de desplazados y víctimas del conflicto armado colombiano. Logró concretar un acuerdo con Las Farc, a pesar de todos los problemas que se generaron alrededor del diálogo; construyó 100.000 viviendas de interés social, a pesar de incumplir varias veces los plazos establecidos por él mismo; ha construido algunas vías y está reparando otras. Nada del otro mundo, pero algo ha hecho; y diseñó y puso en marcha la Ley de Restitución de Tierras que protege a quienes han perdido sus parcelas por causa de los promotores de la violencia en Colombia. Un desempeño mediocre.


En el año 2013, el Gobierno Nacional gritaba a los 4 vientos que había logrado niveles de reducción de la pobreza plausibles: 7 puntos porcentuales (del 44 al 37%) y 3.200.000 personas en términos reales. Lo que no decía era que esa reducción se explicaba principalmente por un cambio del método de medición y no por logros reales (disminución del valor mínimo de ingresos para considerar pobre a alguna persona), como expliqué hace varios años en esta columna.  Por otro lado, en la relación reforma vs pobreza, lo primero que hay que decir de la reforma tributaria estructural es que no es estructural. Y no lo es por la sencilla razón de que, como todas las reformas “estructurales” de Santos, Uribe, Pastrana, Samper y otros, no resuelve los problemas tributarios de manera sostenible y definitiva, porque recarga inhumanamente el peso gasto público y del despilfarro gubernamental en los hombros de los más pobres. Pues bien, con la nueva reforma tributaria presentada por Santos y por Cárdenas, el Gobierno quiere congraciarse con las entidades monetarias internacionales, y destruir los mínimos y mediocres avances logrados en el campo de la reducción de la pobreza, la iniquidad y los logros en materia social y económica para los colombianos más vulnerables (ver artículo de JusticiaTributaria).


La concentración de la riqueza

Casi todos hemos sido testigos de los comerciales en los que se habla de una supuesta “protección” de la canasta familiar al “no” gravarla con el IVA del 19%. Ese comercial, como tantos otros de los gobiernos colombianos, es una falacia. No es cierto que no se esté gravando la canasta familiar. Lo cierto es que ya hay muchos productos gravados, por lo que deberían decir es que no se aumentará la cantidad de productos gravados (aunque me temo que sí se va a hacer), sino la base gravable. O sea, el impuesto pasará del 16 al 19%. Teniendo en cuenta que la tributación directa disminuirá (impuesto a la riqueza, renta), y que la indirecta aumentará (IVA y otros impuestos indirectos), como de manera criminal lo ha reconocido el Gobierno (ver cuadro 5.1), habrá que decir que la reforma vendrá para hundir más a los colombianos pobres y beneficiar más a los ricos y las personas de la clase alta. Típico.





El índice de concentración de la riqueza (Gini) calculado por el Dane para el año 2015 fue de 0,522, lo que establece que el 52,2% de la riqueza del país está concentrada en el 1% de la población o, lo que es lo mismo, pero más ilustrativo, que, si en Colombia hubiese una población de sólo 100 personas, una, sí, una sola, tendría más de la mitad de la riqueza de toda la Nación. Y el tema se hace mucho más complejo cuando entidades como la Cepal dicen que el índice puede estar mal calculado, y que el valor real del coeficiente Gini puede ser cercano al 0,55, con lo que el panorama se hace más desolador. Y si a lo anterior le agregamos que el Gobierno Nacional ha puesto una mayor carga impositiva sobre las personas que menos tienen, o sea el restante 99% de la población, la concentración de la riqueza y los niveles de pobreza no pueden menos que aumentar.


En un ejercicio comparativo, realizado por la organización Justicia Tributaria en Colombia, se ilustran claramente los retrocesos que en materia tributaria estamos dando en Colombia con el único propósito de mantener una alta calificación internacional (calificadoras de riesgo) y beneficiar la inversión privada, mientras desmembramos a los colombianos de a pie. Al analizar 15 productos de la canasta familiar ya gravados, se observan los cambios proyectados con el IVA del 19%, y la pérdida de poder adquisitivo que tendrán los asalariados colombianos. Los hallazgos son devastadores: la diferencia entre los precios actuales y los proyectados, al sumar esos 15 productos, equivale a $3.533, lo que para alguien que se gana $680.000, o menos, es un verdadero atentado a su integridad y la de su familia. Y eso que el estudio se hizo con los precios de D1 y Colsubsidio, porque con los precios del Éxito, Olímpica o Carulla, la diferencia puede triplicar el valor, y ese aumento se repetirá cada vez que compren eso productos, entre los que se incluyen el jabón de baño, el detergente, las salchichas, el papel higiénico, el aceite vegetal comestible, el chocolate en polvo y otros nueve. Esos $3.533 son dos pasajes de bus menos para esa persona o ese grupo familiar, y eso que no estamos hablando de temas escabrosos como el impuesto a los planes de telefonía, Internet, y a los dispositivos tecnológicos.  El único tributo que podía ser conveniente era el que le querían imponer a las bebidas azucaradas para combatir en algo la obesidad y la carga que esta representa para el sistema de salud, pero de nuevo se impuso la ley del más rico, Santo Domingo (Bavaria) y Ardila Lülle (Postobón), contra el pueblo, y se eliminó el impuesto. Aquí hay un vídeo para que no se deje engañar.


Todas esas personas que “salieron” de la pobreza en el Gobierno Santos, todos los que tienen salarios de hambre y todos los miembros de la clase media son los que van a pagar por los despilfarros de Uribe, Santos, Vargas Lleras, Cárdenas y todos los demás ministros de mentira que tenemos, pero no sólo eso, sino los despropósitos de Ordóñez, el exfiscal con los contratos de Natalia Springer, y todas las otras burradas y chanchullos cometidos por los encargados de aprobar y ejecutar el presupuesto nacional. Mientras eso pasa, los bancos siguen generando utilidades netas por más de 10 billones de pesos, y Reficar ya ha probado haber generado un detrimento patrimonial por más de 4 billones de pesos, y Saludcoop y Cafesalud, los contratos de la 7ª de Transmilenio, Electricaribe y los desfalcos a la salud, educación y al agro siguen costándonos billones de pesos porque las entidades encargadas de controlar y fiscalizar a estas organizaciones son incapaces, y permiten que nos roben día a día. Porque son los ciudadanos de a pie los que pagarán por todo eso, y mucho más, es que esta es una reforma contra los colombianos.   


@Franzlozano


*Francisc León Lozano Rivera (1988): Nació en Santiago de Cali, Colombia. Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la organización Grameen Caldas; fue director de la Fundación Funeducol; laboró como Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change; y se desempeñó como Conferencista y Formador de Aprendizaje de Inglés en México. Es escritor por gusto y por convicción. Desarrolla artículos de opinión para Todas Las Sombras y Radio Macondo. Puede contactarle en su cuenta de Twitter: @Franzlozano



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miércoles, 9 de noviembre de 2016

¿Y la paz para cuándo?

Por Francisc Lozano*

¿Y la paz para cuándo? Todas las sombra. Fuente:http://todaslassombras.blogspot.com/2016/11/y-la-paz-para-cuando.html
Manifestantes en favor del No al Plebiscito. Fuente: larevista.com

El 2016 será un año que no podré olvidar. Este año se firmó el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de Las Farc, después de 52 años de conflicto y casi 5 años de negociaciones; el Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea; Donald Trump, un millonario xenófobo y machista, destruyó a 17 contrincantes en su puja por alcanzar la presidencia de USA; y los colombianos le dijimos No al acuerdo que mencioné previamente, entre otras cosas por el engaño engendrado en las entrañas del Centro Democrático, algunas iglesias cristiano-católicas, el rechazo de la gente a Las Farc y a Santos. 


Y será imposible de olvidar porque todos esos sucesos ocurrieron en contra de todas las encuestas que determinaban que el Reino Unido no saldría de la UE, Colombia le diría SÍ al Plebiscito y Trump sólo tenía, hace dos días, un 18% de posibilidades de llegar a la Casa Blanca.


Pero no será inolvidable sólo porque demostró que las encuestas ya no sirven para predecir lo que pasará o que la gente empezó a decir mentiras al contestarle a las encuestadoras. Creo que esa es la única forma en la que, en contra de todos los pronósticos, los fenómenos del Brexit, el No al Plebiscito y el triunfo de Trump se pueden explicar. Este año será inolvidable para mí porque vi y escuché cientos de veces la expresión “paz sí, pero no así”.


Como dije en una columna anterior, no sólo los que dijeron No al acuerdo son los culpables del estado de conmoción en el que nos encontramos. También tenemos la culpa los que votamos Sí, Santos y sobre todo los que no votaron que son casi 22 millones de personas. Los que no votaron son culpables porque dejaron en manos de unos pocos la decisión de parar o no el conflicto más antiguo del hemisferio occidental, y con eso lograron contribuir a la desazón que vive Colombia desde el 2 de octubre del 2016.


¿Y los del No? Los que votaron No nos han demostrado los peligros que subyacen en la democracia. Sin importar cómo se hayan convencido de que votar No era la mejor opción para el país o para ellos, han permitido que los únicos que puedan realmente hacer alguna modificación a los acuerdos sean personajes como Alejandro Ordóñez, comprobado funcionario corrupto que llenó la Procuraduría de familiares y compró su reelección con nombramientos a familiares de los congresistas que iban a votar por él; Álvaro Uribe, reconocido político que compró su reelección presidencial con la entrega de notarías a los congresistas que tenían a su cargo la modificación de la Constitución y que permitió que sus hijos se quedaran con los terrenos que, él sabía, iban a terminar siendo zonas francas para que se hicieran millonarios sin trabajar esas tierras; Andrés Pastrana, de quien lo único que recuerdo es su fracaso al intentar un acuerdo de paz con Las Farc y la creación del Plan Colombia, y hoy se cree con la autoridad moral para decirle al país que este acuerdo está lleno de impunidad, sabiendo que él fue incapaz de alcanzar uno mejor o igual; y Marta Lucía Ramírez, a quien sólo le recuerdo haber sido candidata presidencial y ministra de defensa de Uribe en la época de las ejecuciones extrajudiciales.  Hay más voceros: Jaime Castro y otras personas, pero ni la gente los conoce, ni sus propuestas trascenderán porque no se han ganado el reconocimiento que sí le asiste a los demás.


Santos dice que se han recibido más de 300 propuestas para realizar modificaciones al acuerdo final, pero no podemos olvidar que los que “también quieren la paz” y votaron No son más de 6 millones 400 mil personas. Eso significa que el discurso de “paz sí, pero no así” ha sido sólo eso, un discurso. Si no fuera así, ¿por qué no hay por lo menos un millón de propuestas diferentes? ¿O es que acaso esas 300 propuestas recogen la pluralidad de ideas que debería existir en más de 6 millones de personas? ¿O es que Uribe, Castro, Ordóñez, Ramírez y Pastrana son tan visionarios para saber lo que pensaron tantas personas? ¿Es eso lo mucho que les importaba la paz de Colombia?


Yo sé que recibiré críticas, y estoy dispuesto a recibirlas, y es mi obligación preguntar si la “paz sí, pero no así”, ¿cómo es que debe ser esa paz y qué proponen para que sea mejor?, y más que eso, ¿la paz para cuándo?



@Franzlozano


*Francisc León Lozano Rivera (1988): Nació en Santiago de Cali, Colombia. Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la organización Grameen Caldas; fue director de la Fundación Funeducol; laboró como Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change; y se desempeñó como Conferencista y Formador de Aprendizaje de Inglés en México. Es escritor por gusto y por convicción. Puede contactarle en su cuenta de Twitter: @Franzlozano


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miércoles, 3 de agosto de 2016

El perdón, ingrediente indispensable para la paz: El caso de Ricky Jackson





Por Francisc Lozano*










Ricky Jackson. Tomado de: www.Cleveland.com
Ricky Jackson. Fuente: www.cleveland.com




Uno de los principios básicos de la física establece que “toda acción genera una reacción igual y opuesta”. Sin embargo, la veracidad de esa regla parece inaplicable a la historia que quiero compartirles hoy o tal vez la confirma completamente y hasta la excede. La sonrisa que pueden apreciar en la imagen anterior es una reacción a la liberación después de un encierro injusto de 39 años de duración.


Ricky Jackson nació en Cleveland, Ohio, en 1957.  A la edad de 19 años, Ricky fue arrestado por la policía de la ciudad de su ciudad por el brutal asesinato de Harold Franks y un tendero en un barrio de la ciudad. Franks fue rociado con ácido en su rostro y, posteriormente, recibió múltiples impactos de bala esa noche de 1957. El móvil del asesinato fue un robo. Tras el asesinato, los dos perpetradores huyeron del lugar en vehículo de color verde. A los pocos minutos del hecho, falleció también el tendero y la escena del crimen se colmó de vecinos que querían socorrer a las personas o simplemente curiosear.


Una de las decenas de personas que visitaron la escena fue Eddie Vernon. Un chico del vecindario que para ese entonces tenía 12 años de edad. Eddie, quien tenía una muy buena relación con el tendero y sufrió mucho con su fenecimiento, quiso ayudar a encontrar a los asesinos y se puso en contacto con la policía para poder hallarlos. En principio, Eddie se resistía a entregar detalles claros sobre los atacantes y sólo contribuía con datos vagos y en algunos casos equivocados. Sin embargo, un poco después, durante su declaración, Eddie insistió en haber visto lo ocurrido. La policía confió en su palabra asumiendo que los errores en su declaración correspondían a su interés por hallar a los responsables y su incapacidad para expresar lo ocurrido de manera completamente coherente, y tras la descripción entregada por el niño, los agentes establecieron los perfiles de dos personas que según ellos correspondían a las personas de Ricky Jackson y Wiley Bridgeman. 


Una vez capturados estos dos hombres y Ronnie, un hermano de Ronnie por ser cómplice de los dos primeros, la policía siguió recolectando las pruebas necesarias para llevarles a juicio. Durante este tiempo, varios testigos dijeron que Eddie no podía haber presenciado el asesinato porque él se encontraba en un bus escolar a gran distancia del lugar y que los hombres arrestados no eran los culpables del crimen, a pesar de ello, la policía desestimó sus versiones de los hechos.  Para colmo, decidieron tomar a Eddie como testigo principal en el juicio.




Además de lo anterior, la madre de Eddie descubrió que su hijo mentía y le convenció de decir la verdad durante el proceso de reconocimiento de los perpetradores. Cuando Eddie fue a reconocer a los atacantes, dijo a la policía que ninguna de las tres personas había hecho parte del delito. No obstante, los agentes de policía se llevaron a Eddie a otro cuarto, le gritaron, le intimidaron y le dijeron que sus padres podrían ir a prisión si él se retractaba. Unos minutos después, Eddie identificó positivamente a los tres acusados. Durante las entrevistas subsecuentes, Eddie entregó detalles sobre el crimen a los cuales llegó mediante las preguntas parcializadas y enfocadas a que sólo tuviera que afirmar o desmentir lo que la policía preguntaba.  Los tres hombres fueron condenados a la pena de muerte, y esas penas fueron conmutadas por cadena perpetua para los tres a finales de los años 70. Wiley y Ronnie salieron de la prisión gracias un perdón de la corte en el 2002 y 2003.  Ricky, por el contrario, fue mantenido prisionero hasta el 21 de septiembre del 2014.  Ese día, tras treinta y nueve años de encierro, los fiscales acusadores determinaron que el caso en contra de Ricky debía ser archivado porque él era inocente de los cargos por los que había sido condenado. Esta sentencia se logró gracias a una iniciativa de the Ohio Innocence Project & Rosenthal Institute for Justice at the University of Cincinnati College of Law  y a la cooperación de Eddie Vernon, quien decidió romper el silencio y enmendar el horripilante error que había cometido en 1975.


Al escuchar al juez Richard McMonagle decir las siguientes palabras: “señor Jackson, usted es libre de irse. Le sugiero ­[sic] que la vida se construye con pequeñas victorias, y esta es una muy grande. Sepa quiénes son sus amigos porque todos van a querer algo de usted, espero que confíe en las personas en las que usted sabe que puede confiar. Entonces le deseo buena suerte”, Ricky sólo atinó a decir, “gracias, su señoría”. Acto seguido, se levantó, miró al techo de la sala como en acción de gracias y abrazó a sus dos abogados. Su rostro emanaba alegría por la recuperación de un derecho que le habían arrebatado injustamente: la libertad.




Al salir del juzgado, Ricky fue interrogado por decenas de periodistas acerca de su tiempo en prisión; lo que haría tras su liberación los alimentos que quería degustar; etc. Sin embargo, la pregunta que más llamó mi atención fue: “¿Cuáles son tus pensamientos sobre las personas que te trajeron aquí hace 39 años, las personas que dijeron que tú habías cometido el crimen cuando no fue así?”.  Con la sonrisa intacta en su cara, Ricky respondió: “Bueno, yo supongo que muchas personas quisieran que yo odiara a esa persona y que sintiera animadversión hacia él, pero no lo hago. La gente tiene que recordar que, aunque se ve como un hombre maduro hoy, en 1975 él era un chico de 12 años de edad y que fue manipulado por la policía. Que ellos le usaron para llevarnos a la cárcel. Así que respecto a ese joven hombre, en lo que a mí respecta, le deseo lo mejor. No le odio, sólo espero que tenga una buena vida. Se requiere mucho valor para hacer lo que él hizo en la corte. Ustedes no lo vieron, pero ellos intentaron hacerle arrepentir de decir la verdad, intentaron hacerle desfallecer, pero al final él se mantuvo su palabra y reafirmó que éramos inocentes (…)”.  




Ricky Jackson. Tomada de: www.csmonitor.com  
Ricky Jackson. Fuente: www.csmonitor.com


Ricky Jackson nos ha dado una gran lección. En vez de odiar para siempre, él decidió perdonar. En vez de acusar a su acusador, él decidió desearle una vida feliz y agradecerle por contribuir a su liberación. Es más grande el que perdona que el que hace justicia. Ricky se atrevió a desafiar a Newton y en vez de odiar y maldecir, perdonó y sonrió a sus verdugos. O tal vez Ricky no sólo no desafió a Newton, sino que comprobó su ley. Tal vez ante la acción de odio y discriminación, que recibió de sus captores y de los testigos en su contra, desembocó en una reacción de perdón y alegría hacia sus verdugos.


Es ese mensaje precisamente el que debemos escuchar los colombianos. El mensaje del perdón. Pero no un perdón para unos y para otros no. No un perdón para olvidar, sino un perdón para construir un país mejor. Este perdón no nos llevará a alcanzar la paz, pero construirá unas bases sólidas para que los colombianos podamos empezar a cambiar lo que tanto mal nos ha hecho: la iniquidad, injusticia, intolerancia el irrespeto. El perdón del que hablo es un perdón para todos, incluidos los que piensan que el conflicto sólo se puede resolver a su manera (asesinando a todo el que no está de acuerdo y reforzando ideas tan insensatas y carentes de razón y lógica como “le vamos a entregar el país a los terroristas.”; “Santos es un comunista.”; “Le vamos a pagar $1.800.000 a los guerrilleros.”; y “Colombia se va a convertir en la nueva Venezuela.”  Nuestro país se encuentra ante un reto sin precedentes en los últimos 60 años: un acuerdo con el grupo guerrillero más grande e importante de la historia de América del Sur. No estamos hablando de tres delincuentes, estamos hablando de la fuerza militar más importante del conflicto colombiano después del Ejército.  Insisto en que esto no es la paz. Sólo es la sustracción de uno de los grandes actores del mismo, pero contribuirá de manera trascendental a la creación de un mejor país.


Si mil veces estuviera en esta situación, mil veces votaría sí a los acuerdos. No a Santos, él es un presidente inepto al igual que sus antecesores; sí a los acuerdos, no a las Farc; SÍ AL PLEBISCITO, no a Uribe, Zuluaga, Ordóñez, Paloma, José Obdulio y su séquito desinformador.  




Los acuerdos no son perfectos, pero son lo mejor que hemos tenido en la historia del país. Por el bien que puede generar la solución pacífica, yo estoy dispuesto a perdonar al expresidente que permitió el asesinato de 3.000 personas inocentes para mostrar la efectividad de su “seguridad democrática” y después declaró que esas personas “no estarían cogiendo café”. Por el bien supremo de la paz, Colombia debe escuchar a Ricky Jackson. Esa es la lección que el colombiano debe aprender.


Cuando en unos años hablemos de esta época, yo quiero poder decir que estuve del lado correcto de la historia. No por demostrar que los otros estaban mal, sino por demostrarme a mí mismo que el amor es más fuerte que el odio, que el perdón es más poderoso que el rencor y que la paz no tiene comparación. ¿De qué lado va a estar usted? Las cosas nuevas siempre generan miedo. En este caso tener un conflicto disminuido o inexistente. ¡Démosle la oportunidad a la paz!





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*Francisc Lozano 
(1988): Nació en Cali, Colombia.  Es Administrador de Empresas de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó como Director de Talento Humano en la Organización Grameen Caldas; fue Director de la Fundación Funeducol; y Coordinador de Reclutamiento de Heart for Change. Es escritor por gusto y convicción. Puede contactarle en su Twitter: @Franzlozano